Salió y caminó para ayudar a Margaret, quien se movía con cuidado con su bastón. Al acercarse al porche, la puerta principal se abrió y apareció el esposo de Lisa, David, con una cálida sonrisa.
—Bienvenida a casa, Margaret —dijo.
Margaret se quedó paralizada. "No entiendo".
Lisa la guió con suavidad. «David y yo compramos esta casa hace tres meses. La hemos estado arreglando desde entonces».
Dentro, la luz del sol inundaba una luminosa sala de estar. Margaret jadeó levemente. Los muebles le resultaban familiares, porque lo eran. Su sillón favorito estaba cerca de la ventana. Sus colchas hechas a mano cubrían el sofá. Sus libros se alineaban en las estanterías. Fotografías familiares enmarcaban la repisa de la chimenea de ladrillo.
—Esto… esto no puede ser real —susurró Margaret.
Lisa la condujo a través de una cocina cuidadosamente diseñada, pasando por un comedor donde se encontraba la preciada mesa de roble de Margaret, y hacia una puerta en la parte de atrás.
“Este es tu espacio”, dijo Lisa abriéndolo.
El dormitorio estaba pintado de un azul suave, el color favorito de Margaret. Su cama estaba perfectamente tendida. La vieja cómoda de su abuela descansaba contra la pared. El baño, al otro lado, tenía barras de seguridad, una ducha a ras de suelo con asiento y puertas anchas: todo lo que el médico había sugerido.
Las lágrimas llenaron los ojos de Margaret antes de que pudiera hablar.
Lisa tomó las manos temblorosas de su madre. «Mamá, nunca te íbamos a internar en una residencia. David y yo planeamos esto para que pudieras vivir con nosotros, pero que aún así mantuvieras tu independencia».
Margaret finalmente entendió.
Y por primera vez ese día, su corazón se sintió ligero.
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