Su risa se apagó al instante. Allí, en la silla del juez, con una toga negra y gafas, estaba sentada la misma mujer de la que se había burlado esa mañana. La jueza Angela Moore. La imagen lo dejó pálido.
Angela levantó la vista del expediente y habló con calma: “Oficial Keller, por favor, dé un paso al frente”.
Su tono era profesional, pero la intensidad de su voz le hacía sudar las palmas de las manos. Obedeció, incapaz de mirarla a los ojos. Nadie más en la habitación sabía lo que había sucedido antes, pero él sí. Y la vergüenza lo asfixiaba.
Al comenzar la sesión, la jueza Moore lo interrogó con dureza. Cada error en su informe, cada inconsistencia en su declaración, y ella los detectó todos. Keller balbuceó al responder; la confianza que lo había guiado como una armadura había desaparecido. Su actitud tranquila y controlada expuso su debilidad con más eficacia que la ira.
Durante un receso, los susurros resonaron en la sala. "¿Qué le pasa a Keller?", preguntó un agente. "Parece que ha visto un fantasma".
Lo tenía. Y su nombre era Juez Moore.
Al final de la audiencia, la arrogancia de Keller se había disipado por completo. Cuando la sala levantó la sesión, la mayoría de los presentes se marcharon, pero él se quedó con el corazón latiendo con fuerza. Finalmente, se dirigió al estrado.
—Su Señoría… Juez Moore —balbució con voz temblorosa—. Necesito disculparme.
Angela levantó la vista con expresión indescifrable. "¿Disculparse por qué, agente Keller?"
La pregunta lo golpeó como una piedra. Ella no iba a dejarlo escapar fácilmente.
—Por… mi comportamiento esta mañana. En el café —dijo.

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