El punto de inflexión
—¡Basta! —La voz del dueño resonó por toda la sala. Todos guardaron silencio.
Caminó directo hacia el padre soltero y le puso una mano firme en el hombro. "¿Saben quién es este hombre?", dijo, volviéndose hacia su personal. "Hace años, cuando no tenía nada, cuando tenía frío, hambre y estaba perdido, él me ayudó. Me dio comida. Me dio esperanza".
Se oyeron jadeos. Los mismos empleados que hacía un momento se habían burlado ahora miraban al suelo, su arrogancia se transformaba en vergüenza.
El padre parpadeó, sin palabras. No esperaba que lo recordaran, y mucho menos que lo honraran. Su hija se asomó por detrás de su abrigo, insegura, pero reconfortada por el repentino cambio.
“Este hombre”, dijo el dueño con firmeza, “vale más que cualquier diamante de esta tienda”.
Un regalo del corazón
Las lágrimas brillaron en los ojos del padre. «No vine a causar problemas», dijo en voz baja. «Solo quería encontrar algo pequeño: un regalo de cumpleaños para mi hija».
La niña lo miró y susurró: «Papá, no necesitamos nada. Solo te quiero a ti».
El dueño se agachó a su altura con una expresión cálida. «Cariño, hoy es tu día especial. Y tu padre es un héroe para mí. Mereces alegría, no susurros».
Se levantó, se volvió hacia el personal y dijo con firmeza: «Que elija lo que quiera. Sin costo alguno».
La tienda volvió a quedar en silencio. La niña parpadeó con incredulidad. "¿Algo?", preguntó tímidamente.
El dueño sonrió. "Lo que sea."
No corrió a los estantes de diamantes ni a las vitrinas relucientes. En cambio, se acercó a un pequeño expositor y tomó un sencillo relicario de plata. Sosteniéndolo cerca, susurró: «Esto es suficiente».
