Su esposa, Anna, vendió su motocicleta para abrir un pequeño café y ayudar con los gastos. Cada noche, sonreía a pesar del cansancio, y Miguel, al ver su bondad hacia su padre, solo podía contener las lágrimas.
A pesar de su fragilidad, el padre Ramón cuidaba el jardín, barría el patio y cocinaba gachas cada mañana. A menudo miraba a su hijo y le decía: «Eres igualito a tu madre: dulce, pero fuerte».
Entonces, una mañana de julio, un año después del “préstamo”, Ramón llamó a Miguel a su habitación.
—Siéntate, hijo —susurró, entregándole un papel A4 doblado—. Lee esto.
Miguel lo desdobló y se quedó paralizado. No era una nota de deuda, sino un título de propiedad. Una propiedad de 500 metros cuadrados en la carretera principal de Antipolo, registrada a nombre de Miguel R. Dela Cruz.
—Padre… ¿qué es esto? —preguntó atónito.
Ramón sonrió levemente. «Compré ese terreno hace veinte años. Cuando aceptaste pagarme la deuda, lo transferí a tu nombre. Esos 900.000 pesos no fueron un préstamo. Fueron una prueba de tu corazón».
A Miguel se le llenaron los ojos de lágrimas. Durante un año, había envidiado la comodidad de sus hermanos mientras él luchaba. Pero ahora comprendía la verdad: la deuda nunca fue una prueba de dinero, sino de amor.
La voz de su padre era tranquila y cálida, como una brisa de despedida. «Siempre se puede recuperar el dinero, pero el amor, una vez perdido, nunca podrá regresar».
Miguel inclinó la cabeza y las lágrimas cayeron sobre el papel, borrando las palabras Título de propiedad – Miguel R. Dela Cruz.

Apretó la frágil mano de su padre. «No quiero la tierra, padre. Solo quiero pasar más tiempo contigo».
El anciano sonrió. «Ser un buen hijo es la herencia más valiosa que puedo dar».
Un año después, el Padre Ramón falleció en paz mientras dormía.
En su altar yacía su fotografía junto al título de propiedad, un recordatorio silencioso de una verdad que perdura a través de las generaciones:
“El amor de un hijo devoto vale más que todas las riquezas del mundo”.
Miguel nunca vendió el terreno. En cambio, construyó una pequeña casa llamada Casa Ramón, ofreciendo formación gratuita a jóvenes desfavorecidos, continuando el legado que le dejó su padre, no en riqueza, sino en sabiduría y amor.
