Cuando el padre Ramón regresó a casa del hospital, colocó silenciosamente una hoja de papel arrugada sobre la mesa del comedor.
—Esto —dijo en voz baja— es un pagaré por 900.000 pesos. Lo pedí prestado para mi tratamiento. Ahora que estoy demasiado débil para trabajar, ¿podría alguno de ustedes ayudarme a devolverlo?
Los tres hermanos Dela Cruz, Rico, Julius y Miguel, guardaron silencio.
Rico, el mayor, bajó la mirada. «Papá, todavía tengo que pagar la matrícula de mi hija en Manila».
Julius se removió incómodo. «Acabo de abrir mi tienda y apenas tengo capital».
Nadie miró al anciano a los ojos.
Solo Miguel, el más joven, de 28 años, permanecía sentado en silencio, mirando las manos temblorosas y el cabello plateado de su padre. Sintió una opresión en el pecho.
—Yo pagaré, padre —dijo con firmeza.
Ramón lo miró con incredulidad. "¿Estás seguro, hijo? Tienes tus propias deudas: tu casa, tu esposa..."
"Estoy seguro", respondió Miguel. "Se puede ganar dinero de nuevo. Pero no puedo pagarle a un padre una vez que ya no está".
Desde ese día, Miguel trajo a su padre a vivir con él a una pequeña casa en Ciudad Quezón.
Trabajaba doble turno: en la construcción durante el día y repartiendo camiones por la noche. Las comidas eran sencillas y humildes, pero su espíritu nunca se desanimó.

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