El silencio del niño empezó a preocuparle. No era terco ni travieso; parecía absorto en un mundo invisible.
Juan intentó llamarlo, hacer ruidos o acercarle sus juguetes, pero Diego no respondió. Su preocupación por su bienestar comenzó a crecer. Desde la muerte de Claudia, Juan había vivido en un estado entre la vigilia y el sueño, intentando no desmayarse. Decidió observarlo más de cerca.
Una noche, cuando Diego estaba de nuevo de cara a la pared, Juan se acercó con dulzura y se sentó a su lado. En la penumbra, oyó al niño susurrar tres palabras:
“Mamá está aquí.”
La voz era débil y temblorosa, como si le hablara a alguien invisible. Juan estaba atónito, con el corazón latiendo con fuerza. Lo abrazó y le preguntó:
Diego, ¿qué dijiste? ¿Quién está aquí?
Pero Diego se quedó mirando a su padre con los ojos en blanco y luego volvió a jugar como si nada hubiera pasado.
Esas tres palabras atormentaron a Juan. No creía en lo sobrenatural, pero la muerte de Claudia le hizo preguntarse si algo inusual estaba sucediendo.
Revisó la habitación; la esquina no mostraba nada extraño, solo una pared vieja y desgastada. Recordó las palabras de Diego y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Para asegurarse, llevó a Diego a la pediatra Dra. Ana Morales, de 45 años, en una clínica cercana. Tras el examen, la doctora concluyó que Diego estaba sano, sin síntomas de enfermedad.
“Quizás el niño esté reaccionando a algún cambio”, dijo. “Te recomiendo que consultes con un psicólogo infantil para una evaluación más profunda”.
Juan asintió, pero tenía el corazón pesado.
En el centro de psicología, la especialista Mariana Torres, de 38 años, trabajó con Diego. Le preguntó con amabilidad:
Diego, ¿te gusta estar en la esquina? ¿Qué ves ahí?
Diego permaneció en silencio y dibujó una imagen: una mujer borrosa junto a un niño.
—Soy mamá —dijo Diego suavemente.
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