Era una fría tarde de otoño en Madrid cuando Marcos, de once años, paseaba por los contenedores de basura del barrio, buscando botellas vacías que pudiera vender.
Su madre, Anna, trabajaba de limpiadora y el dinero siempre escaseaba. Mientras caminaba por una calle elegante, algo inusual le llamó la atención: un hombre con un traje caro tirando una chaqueta de cuero a un cubo de basura.
Marcos se detuvo. La chaqueta parecía prácticamente nueva, de esas que se venden en tiendas de lujo. Armándose de valor, se acercó al hombre.
—Disculpe, señor, ¿puedo llevarme esa chaqueta? Mi mamá tiene frío —preguntó en voz baja.
El hombre ni siquiera lo miró, despidiéndolo con la mano antes de subirse a un elegante coche negro. Marcos levantó con cuidado la chaqueta, emocionado por sorprender a su madre. En casa, Anna lo regañó al principio.
“No deberías estar recogiendo cosas de la basura, hijo”.
—Pero mamá, está limpio. Mira, parece nuevo —insistió Marcos.
Anna suspiró, conmovida por su consideración. Dejó la chaqueta sobre una silla y siguió cocinando. Marcos, mientras tanto, metió la mano en el bolsillo y sacó un sobre grueso y cerrado. La curiosidad y la emoción lo dominaron al abrirlo. Dentro había fajos de billetes.
