Un niño de ocho años ayudó a un niño atrapado en un auto cerrado, lo que lo hizo llegar tarde a clase y ser regañado, pero pronto sucedió algo inesperado.

La dura bienvenida

Como era de esperar, la voz del profesor resonó en el aula tan pronto como entró.

—¡Otra vez tarde! ¿Cuántas veces te ha pasado esto? ¡Voy a llamar a tus padres para que vengan a la escuela!

—“Pero yo…” empezó el chico, con la voz temblorosa, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

—No me importa lo que estuvieras haciendo ahí fuera. ¿Cuántas veces te he dicho que no llegues tarde a mi clase? Siéntate. Mañana te espero aquí con tus padres.

Se hundió en su asiento, con el corazón apesadumbrado. Pero justo entonces, ocurrió algo completamente inesperado.

El visitante inesperado

La puerta del aula se abrió. Allí estaba la misma mujer de la calle, y a su lado estaba la directora. La voz de la mujer resonó con claridad para que todos la oyeran:

—Este niño le salvó la vida a mi hijo hoy. Vine a decirles lo valiente y considerado que es. No todos los niños de su edad habrían hecho lo que él hizo.

La sala quedó en silencio. El profesor, atónito, no supo qué decir. El director se acercó y le entregó al niño una cajita. Dentro había un libro electrónico nuevo.

—Hiciste lo correcto —dijo el director con amabilidad—. Estamos todos orgullosos de ti.

El maestro, pálido y conmocionado, lo miró y susurró:

— “Lo siento… no sabía…”

Una lección más allá de las lecciones

 

El niño quiso responder, pero en cambio, una silenciosa felicidad lo invadió. En ese momento, se dio cuenta de algo importante: ni las palabras más duras de los maestros importan cuando has hecho algo verdaderamente bueno. A veces, las buenas acciones son más importantes que cualquier lección. Lo más importante es ser una buena persona.

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