Un multimillonario se quedó sin palabras al descubrir que la camarera que lo atendía era en realidad su hija —desaparecida desde hacía quince años—, y la impactante verdad sobre la traición de su esposa salió a la luz.

Esa noche, Edward contrató a un detective privado. En dos días, surgieron pruebas abrumadoras: documentos, papeles de adopción y transferencias que se remontaban a Margaret. Ella había organizado la colocación de Lily en un hogar de acogida bajo una identidad falsa, fabricando la historia del abandono.

Confrontada, Margaret se derrumbó. —¡Sí! ¡Fui yo! Estabas obsesionado con esa niña. Todos tus planes, cada palabra, era ella. Yo era tu esposa. ¡Me negaba a ser la segunda! Edward apretó los puños, pero se contuvo. —No solo me traicionaste a mí. Destrozaste la vida de una inocente. Lily permaneció sentada, en silencio, con lágrimas en las mejillas. —Toda mi vida creí que nadie me quería. ¿Y mi padre estaba vivo todo este tiempo? La voz de Edward tembló. —Te quise cada día. Pensé que te había fallado. Pero ahora lo sé: no fui yo quien se fue. Fue ella.

Margaret suplicó: —Edward, podemos arreglar esto. Podemos… —Vete —dijo Edward con firmeza. Margaret parpadeó. —¿Qué? —Haz las maletas. Vete. Mis abogados se encargarán del resto.

En las semanas siguientes, Lily dudó en aceptar el mundo de Edward: lujo, seguridad, una mansión donde se sentía extraña. Una noche, Edward la encontró frente a un plato intacto. —¿Tienes hambre? —preguntó él suavemente. —No. No es la comida. Es solo que no pertenezco a este lugar. Edward se sentó a su lado. —Esta casa no nos convierte en familia. Eres tú quien me importa. Su mirada se suavizó. —¿De verdad lo crees? —Sí —respondió él con seguridad—. Quince años perdidos, pero pasaré el resto de mi vida reparándolo, si me dejas.

Poco a poco, Lily comenzó a confiar en él: volvió a la escuela, acompañó a Edward a eventos, siempre de su brazo. Por primera vez, se sentía realmente deseada, no por obligación, sino por amor. Margaret fue procesada por fraude, secuestro y poner en peligro a una menor.

El día del juicio, Edward apretó la mano de Lily mientras pasaban junto a los periodistas. —No necesitas mirarla —le susurró. Lily asintió. —Ella ya no me importa. Solo te quiero a ti. Esa noche, en la calma de la mansión, Lily murmuró: —Papá, ¿puedo llamarte así? Los ojos de Edward se llenaron de lágrimas. —Por favor. He esperado quince años para oírlo.

Por primera vez desde que la había perdido de bebé, Edward Harrington se sentió finalmente completo.

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