Un multimillonario, atónito, descubre que la camarera es su hija desaparecida; el oscuro secreto de su esposa sale a la luz
El elegante restaurante bullía suavemente con el fino tintineo de las copas y el murmullo apagado de las conversaciones de los adinerados clientes habituales. En el centro de todo se sentaba Edward Harrington, un multimillonario conocido por su control férreo, junto a su elegante esposa, Margaret. En los círculos de negocios, Edward era un titán: autoritario, inflexible, a menudo temido. Pero, aquella noche, esa imagen inquebrantable comenzó a resquebrajarse.
Una joven camarera se acercó a su mesa con dos platos. Apenas aparentaba veinte años, su uniforme era sencillo, pero su andar seguía siendo seguro y sereno. Cuando dejó el plato de Edward frente a él, sus ojos se alzaron… y se quedaron fijos.
Había algo extrañamente familiar en su mirada. Unos ojos que no había visto en quince años. De otra vida.
—Señor, ¿está todo bien? —preguntó suavemente la camarera, notando su repentina inmovilidad. Edward tragó saliva. —¿Cómo se llama? Sorprendida, ella respondió: —Lily, señor.
Margaret frunció el ceño. —Edward, es solo una camarera. No hagas una escena. Pero Edward no podía apartar la mirada. Su corazón se aceleraba. —Lily, ¿cuál es su apellido? La joven vaciló. —Yo… no lo sé. Crecí en hogares de acogida. Me dijeron que me habían abandonado de bebé.
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