Cuando lo presionaron para que mantuviera la compostura, Daniel finalmente admitió la verdad.
Había sido médico traumatólogo militar.
Lo dejó después de que su esposa muriera durante una cirugía, siguiendo consejos que le dio a miles de kilómetros de distancia. La culpa lo alejó de la medicina, hacia una vida más tranquila centrada por completo en Lily.
Antes de que Alara pudiera responder, Evan se quedó paralizado, agarrándose el pecho.
Un ataque de pánico.
Daniel lo reconoció al instante y lo tranquilizó con instrucciones tranquilas. Evan se relajó en sus brazos en cuestión de minutos.
“Hueles a aire limpio”, susurró Evan.
Alara observó, con lágrimas en los ojos.
Esa noche, invitó a Daniel y a Lily a su mansión. La casa fría y perfecta cambió cuando los niños construyeron un fuerte de mantas. Por primera vez, se sintió viva.
Mientras tomaban el té, Alara confesó la verdad: lo había delegado todo, incluida la maternidad.
Daniel respondió con suavidad:
"No delego tiempo. Es lo único que nunca se recupera".
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