Un multimillonario lleva a su hijo a una cena elegante, esperando nada más que otra velada cuidadosamente planificada hasta que su hijo nota a un padre soltero en una mesa cercana y hace algo que nadie prevé.

En el rincón más alejado del restaurante, casi oculto a la vista, estaba sentado un hombre con una camisa sencilla y desgastada. Cortaba con cuidado pasta en trozos pequeños para una niña pequeña que tenía enfrente. La chica rió con libertad, su alegría se desbordaba de una forma que el dinero no podía comprar. El rostro del hombre parecía cansado, ensombrecido por el agotamiento, pero su sonrisa era tranquila, cálida y completamente presente.

Evan lo miró fijamente.

"Mami...", susurró. "Quiero sentarme con ellos".

Alara frunció el ceño.
"Esa no es nuestra mesa", dijo en voz baja.

Pero Evan no se movió.

El hombre era Daniel Hayes, de treinta y seis años, un padre soltero que compaginaba dos trabajos: repartidor de día y mantenimiento de edificios de noche. Tenía poco dinero, ningún estatus social y ninguna red de seguridad. Lo que sí tenía era a su hija Lily, y para él, eso era suficiente.

Esa noche fue especial. Lily había vuelto a casa con notas perfectas, y Daniel quería celebrarlo. Le Maire estaba muy por encima de su presupuesto, pero un error en la mesa los había colocado allí por accidente. Daniel se dio cuenta y decidió guardar silencio. Por una noche, quería que Lily viera belleza sin límites.

Contempló las lámparas de araña como si fueran estrellas.
Al otro lado de la sala, un encargado se inclinó hacia Alara, susurrando con un desdén apenas disimulado.
"Esa familia se sentó por error. Podemos cambiarlos de lugar si quieres".

Evan tiró de la manga de Alara.
"Se ve feliz, mami. Por favor".

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