Esa primera noche en la mansión, Clara durmió sentada, con el bebé fuertemente abrazado a ella, estremeciéndose ante cualquier sonido desconocido. Víctor la observaba desde lejos, avergonzado por lo mucho que tardó su cuerpo en relajarse. Llamaron a los médicos. A June la examinaron, alimentaron y abrigaron. A Clara le dieron ropa limpia, una habitación privada y algo de lo que había carecido durante demasiado tiempo: espacio.
Pasaron los días.
Luego las semanas fueron pasando.
Clara regresó a la escuela, entregándose a sus estudios con una intensidad impulsada por algo más que el hambre. Víctor la observó mientras poco a poco reaprendía a sonreír, tímidamente al principio, como si la felicidad fuera algo frágil que pudiera desvanecerse en cuanto creyera en ella.
Una noche, se sentaron juntos en la terraza mientras June dormía plácidamente en su cochecito. El silencio se prolongó entre ellos antes de que Víctor finalmente hablara.
—Debería haberte buscado —dijo en voz baja—. No debería haberme detenido.
Clara lo miró a los ojos e hizo una pausa antes de responder: «Mi madre siempre creyó que lo harías».
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Víctor, no eran para aparentar, no eran dramáticas, simplemente eran reales.
A partir de ese momento dejó de ser un hombre poderoso escondido tras puertas de hierro.
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