El encuentro que recompone dos vidas

La tía de Léa contacta a Fantôme. La niña habla de él. Dice que se sentía segura cuando él estaba allí. Así, en un ambiente estructurado y tranquilizador, se reencuentran.
Phantom llega torpemente, sin saber qué decir. Léa, en cambio, sonríe de inmediato. Le tiende la mano.
Hablan en voz baja. Él bromea un poco. Ella se ríe. En este simple gesto, hay algo poderoso: confianza.
Con el tiempo, Fantôme permanece presente, en su lugar, sin buscar jamás ocupar otro. A los 64 años, aprende cosas que nunca imaginó: cómo tranquilizar después de una pesadilla, cómo escuchar sin interrumpir, cómo estar presente sin hacer ruido.
Lo que nos recuerda esta historia
Juzgamos con rapidez. Creemos saber. Nos detenemos en la apariencia, una chaqueta de cuero, una barba canosa. Y a veces, perdemos lo esencial.
No fue un motociclista quien cambió el curso de las cosas.
Fue un hombre que se tomó el tiempo de observar un detalle que todos los demás habían dejado de ver.
A veces, la verdadera fuerza no consiste en ir rápido.
Se trata de detenerse.
Ver las cosas de otra manera.
Y buscar el momento oportuno.
