Era poco después de medianoche cuando las alarmas sonaron en la mansión.
La respiración de Grant se entrecortó.
Su cuerpo se estremeció.
Las máquinas gritaron advertencias que el personal había temido durante semanas.
Ava agarró a sus hermanas.
"Vamos", susurró. "Nos necesita".
Dana intentó detenerlos, pero las chicas los esquivaron.
Entraron a la biblioteca en silencio, acercándose a la cama del hospital donde Grant yacía pálido e inmóvil.
Beth dio un paso adelante, colocó sus pequeñas manos sobre sus mejillas y miró a sus hermanas.
Ava le tomó la mano derecha.
June le sujetó la izquierda.
Lila le puso las manos sobre el corazón.
Y entonces, como guiados por el instinto, comenzaron a cantar.
Una canción de cuna sencilla.
Suave.
Tembloroso.
Lleno de recuerdos de noches en la calle cuando esta canción había sido su único consuelo.
Sus voces temblaban, pero no se detuvieron.
Y luego-
El monitor se quedó plano.
Dana gritó.
Los médicos acudieron rápidamente.
El mundo pareció detenerse.
Pero las chicas no las soltaron.
Beth se acercó a su oído, con lágrimas corriendo por su pequeño rostro, y susurró:
“Papá, por favor quédate.”
Una palabra que nunca había dicho en voz alta antes.
Una palabra que contenía todo lo que tenía.
Una palabra que llegó donde ninguna otra pudo.
Y entonces...
pitido.
Un único y obstinado latido.
Luego otro.
Luego otro.
La sala se congeló.
Los médicos se quedaron mirando.
No tenía sentido médico.
Pero era real.
La batalla en la sala del tribunal
A la mañana siguiente, comenzó según lo programado la audiencia judicial para sacar a las niñas de la casa de Grant.
Harold estaba perdiendo: cada argumento quedaba aplastado por informes, registros médicos y procedimientos legales.
Entonces sonó el teléfono de Harold.
Se oyó la voz de Dana:
"Está despierto."
Harold se levantó bruscamente.
—Su Señoría —dijo con la voz quebrada—, Grant Aldridge está despierto y desea testificar.
Una hora después, a través de una videollamada, el juez vio a Grant, pálido, débil pero consciente, rodeado de cuatro chicas que le tomaban de la mano.
“Señor”, preguntó el juez, “¿puede usted realmente cuidar de estos niños?”
Grant miró a las chicas antes de responder.
Me salvaron la vida. Me dieron motivos para seguir respirando. No son una carga; son la única luz de mi hogar. Mantenerlos conmigo no es caridad. Es familia.
Silencio.
Luego el juez asintió lentamente.
“Adopción concedida.”
