Un ladrón de 15 años sonrió en el tribunal después de robar en una tienda, pero lo que sucedió después lo dejó sin palabras.

En la sala del tribunal, el murmullo de las conversaciones susurradas se desvaneció cuando el alguacil marcó el número del caso.

Ethan Miller, de 15 años, fue conducido al frente, con las manos metidas en los bolsillos de una sudadera con capucha enorme. Su sonrisa burlona les decía a todos en la sala que creía que esto era solo un juego más.

Su acusación era simple: robar en una tienda del centro de Detroit. No era su primera vez.

Dos semanas antes, Ethan había metido un par de auriculares, barras de chocolate y un paquete de bebidas energéticas debajo de su chaqueta.

Cuando el empleado de la tienda lo atrapó en la puerta, Ethan salió corriendo, solo para ser detenido por un guardia de seguridad que había estado mirando las cámaras.

El informe policial lo describió como "poco cooperativo, burlón y desafiante". Mientras lo subían al coche patrulla, se rió y le dijo al agente: "¿No tienes nada mejor que hacer?".

Ahora, frente a la jueza Rebecca Harmon, la sonrisa de Ethan era igual de amplia.

Su madre estaba sentada dos filas atrás, con las manos temblorosas en el regazo. Su padre no se había molestado en aparecer.

El fiscal leyó los cargos, pero Ethan apenas escuchó.

Continuó golpeando el pie y poniendo los ojos en blanco, como si todo el proceso fuera inapropiado para él.

Cuando el juez le preguntó cómo se declaraba, sonrió y murmuró:

"Culpable, supongo."

La jueza Harmon arqueó las cejas, pero no dijo nada. Estudió al chico con atención. Había presidido cientos de casos de menores y conocía la mirada de un niño que creía que nada podía con él. Ethan disfrutaba de ser el centro de atención, deleitándose con que los adultos tuvieran que perder el tiempo con él.

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