—Sí, señor. Yo haría lo mismo —respondió sin dudarlo—. No podría vivir tranquilo sabiendo que la dejé allí.
Arturo cerró la carpeta con un gesto decidido. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro, no de cortesía, sino de convicción.
—Entonces eres exactamente el tipo de persona que quiero en mi compañía —dijo finalmente.
Luis parpadeó, aturdido.
¿Estás... diciendo que...? —balbuceó.
—Te ofrezco el trabajo —confirmó Arturo—. No por lástima, ni porque hayas ayudado a mi madre, sino porque lo que hiciste afuera me muestra quién eres realmente cuando nadie te ve. Y este mundo está hambriento de ese tipo de persona
Luis sintió que le temblaban las piernas. Una mezcla de alivio e incredulidad, y un nudo en la garganta, se le hizo en la garganta. Había perdido la entrevista... pero estaba sentado frente al director ejecutivo, recibiendo algo mejor que una segunda oportunidad: una verdadera.
—Gracias... —logró decir con la voz entrecortada—. No te arrepentirás.
Arturo se levantó, caminó alrededor del escritorio y puso una mano sobre su hombro.
"Seguro que no", respondió. "Recursos Humanos se pondrá en contacto contigo con los detalles. Pero antes de que te vayas, alguien quiere verte".
En una habitación contigua, una enfermera cubría con una manta a una anciana en silla de ruedas. Su abrigo azul colgaba del respaldo de la silla, aún húmedo. Cuando Luis entró, la anciana levantó la cabeza.
—Sabía que vendrías —sonrió—. Te reconocería aunque pasaran mil años. Eres el chico de la parada del autobús.
Luis se acercó, conmovido.
¿Cómo te sientes?, preguntó.
Ella le tendió la mano. Luis la tomó. Ahora estaba cálida, menos frágil
—Gracias, hijo —dijo, y en esa palabra había un cariño genuino—. Hacía mucho que nadie se detenía a buscarme. Pensé que me iba a dejar tirada allí, como basura. Pero me viste.
Luis sintió que su pecho se llenaba de un calor extrañamente familiar, como cuando su madre lo abrazaba cuando era niño.
—No hice nada extraordinario, señora —murmuró.
—En estos tiempos, lo que hiciste es realmente extraordinario —respondió con firmeza—. Nunca pierdas eso. No dejes que la vida te endurezca el corazón.
Arturo los observaba desde la puerta, en silencio, con orgullo en los ojos.
“Mi madre siempre me decía que a las personas se les conoce por sus acciones, no por sus palabras”, comentó. “Me lo recordó hoy… gracias a ti”.
Luis levantó la vista y lo miró fijamente. Por primera vez desde su llegada a la ciudad, sintió que el esfuerzo, las noches sin dormir, los sacrificios, tenían algún sentido.
Cuando salió del edificio, la lluvia había parado. El cielo seguía gris, pero algunos destellos de luz se filtraban entre las nubes. El pavimento mojado reflejaba los edificios como espejos.
