Tres días después, la boda se celebró tranquilamente.
El novio tenía 27 años y la novia 70.
No había música, no había fiesta, sólo unos pocos vecinos como testigos.
El padre de Ramón todavía estaba en el hospital.
La mujer era Doña Rosario: cabello plateado cuidadosamente rizado y elegantemente vestida con un vestido baro't y saya.
Todavía había una mirada fría y triste en sus ojos nublados.
Le entregó a Ramón una gruesa bolsa de dinero y le susurró:
“Salva a tu padre.
Pero recuerda, no me preguntes por qué te elegí”.
Ramón hizo una reverencia y simplemente le dio las gracias.
No podía entender por qué alguien como ella lo elegiría a él por encima de cientos de otros.
La operación fue exitosa.
El padre de Ramón estaba fuera de peligro.
Estaba tan feliz que lloró, pensando que la tragedia había terminado.
Pero diez días después, la señora Rosario lo llamó a su casa particular en Makati.
La vieja mansión olía a incienso y las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas.
Se sentó junto a la ventana, sosteniendo una fotografía descolorida.
Su voz era ronca:…“Ramón, ¿sabes el nombre de tu verdadera madre?”
Sí... murió joven. Se llamaba Luz.
Ella sonrió débilmente, una sonrisa triste como si acabara de tocar un recuerdo lejano:
“Luz… La mujer que me robó al hombre que más amaba hace 50 años.”
Tim Ramon hizo una pausa.
Abrió un cajón y sacó una foto vieja: una del padre de Ramón cuando era joven, y de la propia Rosario cuando era una bella joven.
“Se parece mucho a ti”, dijo con voz temblorosa.
“Por eso al principio quise odiarla, para compensarlo.
Pero cuando oí que estaba a punto de morir, no pude soportarlo”.
Hizo una pausa, respiró profundamente y continuó:
Un trabajador de mi casa me contó la situación de tu padre. Cuando vi tu foto, me quedé sin aliento.
Eres una réplica del hombre que solía ser, el hombre que me dejó para casarse con tu madre.
“Me dije a mí mismo que, si tuviera la oportunidad, querría que él lo supiera:
La mujer que dejó atrás todavía es lo suficientemente fuerte para salvarle la vida, pase lo que pase”.
Ramón se quedó en silencio.
Él entendió todo.
Esa boda, ese dinero, no era para avergonzar, sino la manera de la señora Rosario de resolver una vieja disputa.
Se arrodilló y las lágrimas corrieron por su rostro:
“Abuela… no sé nada.
Si alguna vez mis padres te hicieron daño, por favor perdóname”.
Colocó suavemente su mano sobre su hombro:
“Está bien, hijo.
Ya estoy harto de esto.
Ahora solo quiero descansar en paz.
Vete a casa y cuida bien de tu padre.
Considero mi deuda pagada.”
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