La boda fue sencilla pero impactante, porque Don Tomás quería que todo el pueblo supiera que todavía estaba “fuerte” y listo para ser padre de un hijo.
Los vecinos murmuraron y criticaron la gran diferencia de edad, pero a él no le importó.
Sonrió con satisfacción, preparándose con ilusión para la noche de bodas, confiado en que Marisol pronto quedaría embarazada.
Aunque resignada, intentó aparentar felicidad por cumplir su papel.
Llegó la noche de bodas.
Don Tomás, elegantemente vestido, bebió un licor medicinal que, dijo, le haría sentirse joven de nuevo.
Tomó la mano de Marisol y la condujo al dormitorio, con los ojos llenos de expectación. Ella, nerviosa, forzó una sonrisa, temerosa de decepcionarlo.
La atmósfera se volvió íntima.
Don Tomás le susurraba palabras cariñosas cuando de repente, su rostro se contrajo y su respiración se entrecortó.
Soltó la mano de Marisol, colocó la otra sobre su pecho y cayó pesadamente sobre la cama.
—¡Don Tomás! ¿Qué le pasa? —gritó Marisol, con los ojos abiertos de par en par por el terror.
Ella intentó abrazarlo, pero su cuerpo ya estaba rígido, empapado en sudor.
Un gemido ronco escapó de su garganta, sacudiendo a la joven.
La imagen del licor que había bebido minutos antes cruzó por su mente: aquello en lo que había confiado para “rejuvenecerlo” se había convertido en un veneno silencioso.
Desesperada, Marisol pidió ayuda. Las hijas de Don Tomás y otros familiares irrumpieron en la habitación, encontrando al anciano inmóvil y a la joven novia llorando, perdida en la confusión.
Esa noche fue un caos de gritos, carreras y llantos.
Llevaron a don Tomás al hospital, pero los médicos sólo pudieron confirmar lo peor: había sufrido un infarto repentino debido al esfuerzo y la edad.
La noticia se extendió por toda la ciudad.
La gente, que ya murmuraba sobre el matrimonio desigual, ahora hablaba más fuerte.
Algunos sintieron pena por Marisol, otros se burlaron:
“Ni siquiera logró darle un hijo… el destino es justo.”
Marisol permaneció en silencio, con la mirada perdida.
Ella recordó sus palabras: “Cumpliré con mi deber”. Pero ese deber nunca comenzó; todo terminó en una tragedia que nadie había previsto.
Después del funeral, el dinero recibido de la boda fue suficiente para pagar las deudas de su familia y el tratamiento de su hermano.
Pero a cambio, Marisol enfrentó un destino cruel: quedar viuda a los veinte años, marcada para siempre como “la segunda esposa de Don Tomás”.
Su noche de bodas, que se suponía sería el inicio de un compromiso lleno de presiones y expectativas, terminó convirtiéndose en la última noche de la vida de un hombre… y el inicio de la pesada cruz que una joven tendría que soportar por el resto de sus días.
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