Un conductor de autobús escolar ve todos los días a una niña escondiendo algo; lo que encuentra debajo de su asiento lo deja sin palabras…

Al sacarlo a la luz del sol poniente, el corazón le dio un vuelco. No era un caramelo ni un juguete.
Era un blíster de pastillas, parcialmente usado. Manuel se quedó paralizado, mirando la pastilla y atando cabos.
Manuel se quedó quieto, con el paquete temblando en la palma de la mano. Medicamento, pero no del tipo que temía.
Al recorrer la etiqueta con la mirada, una opresión le oprimió el pecho al reconocerlo.
Había visto esas mismas pastillas en la mesita de noche de su esposa una vez.
No durmió esa noche.
A la mañana siguiente, fue directo a la secretaría del colegio y pidió hablar con el consejero. Su voz era suave pero firme, de esas que transmiten preocupación, no acusaciones.
"Creo que alguien necesita ayuda", dijo, dejando las pastillas sobre el escritorio.Manuel García nunca imaginó que, a sus sesenta y dos años, tras jubilarse como mecánico en un taller de Vallecas, acabaría conduciendo un autobús escolar por las tranquilas carreteras secundarias de un pueblo de las afueras de Sevilla.

El trabajo le proporcionó una rutina muy necesaria después del fallecimiento de su esposa, y la mayoría de los días transcurrían sin incidentes, entre risas y gritos de los niños.

Sin embargo, dos semanas después de comenzar el año escolar, Manuel notó una nueva pasajera: Lucía, una chica de catorce años tímida y siempre solitaria, que estaba sentada justo detrás de él.

Al principio, Manuel pensó que simplemente se trataba de su adaptación a una nueva escuela. Pero pronto observó un patrón inquietante.

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