El modelo se replicó en otros distritos. Otras empresas se sumaron. No por altruismo puro, sino porque el ejemplo había demostrado que era posible.
Un periodista le preguntó en una entrevista:
—¿Se considera un salvador?
Diego negó con la cabeza.
—No. Yo llegué tarde. Las que me salvaron a mí fueron ellas.
Esa noche, en el ático que ya no parecía tan grande, Diego observó a las niñas dormir.
Pensó en todas las casas que había poseído.
Y comprendió, por fin, la diferencia.
Una casa es un activo.
Un hogar es una promesa.
Y a veces, solo hacen falta tres pequeñas voces valientes para recordar a una ciudad entera lo que significa cumplirla.
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