Tres niñas huérfanas le pidieron un hogar a un millonario… y Madrid nunca volvió a ser la misma

El modelo se replicó en otros distritos. Otras empresas se sumaron. No por altruismo puro, sino porque el ejemplo había demostrado que era posible.

Un periodista le preguntó en una entrevista:
—¿Se considera un salvador?

Diego negó con la cabeza.
—No. Yo llegué tarde. Las que me salvaron a mí fueron ellas.

Esa noche, en el ático que ya no parecía tan grande, Diego observó a las niñas dormir.
Pensó en todas las casas que había poseído.
Y comprendió, por fin, la diferencia.

Una casa es un activo.
Un hogar es una promesa.

Y a veces, solo hacen falta tres pequeñas voces valientes para recordar a una ciudad entera lo que significa cumplirla.

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