El primer edificio abrió en Lavapiés.
Después, otro en Vallecas.
Luego, uno más en Carabanchel.
No eran palacios.
Eran hogares dignos.
Mientras tanto, el proceso de acogida de las niñas avanzaba.
Lento. Exhaustivo. Humano.
Un día, la trabajadora social le dio la noticia.
—Pueden quedarse juntas. Con usted.
Diego no respondió. Se sentó. Se pasó la mano por la cara.
Había cerrado operaciones de cientos de millones sin pestañear, pero en ese momento las piernas le temblaban.
Cuando se lo dijo a las niñas, Esperanza fue la primera en reaccionar.
—¿Entonces… este es nuestro hogar?
Diego asintió.
—Si vosotras queréis.
Lucía lloró.
Carmen no. Carmen simplemente lo abrazó.
Los meses siguientes no fueron perfectos.
Hubo discusiones, noches difíciles, deberes escolares, miedos antiguos que regresaban sin avisar.
Diego aprendió a hacer cosas que jamás había hecho: preparar desayunos, asistir a tutorías, escuchar sin interrumpir.
Aprendió que amar no era controlar ni salvar, sino estar.
Un año después, Madrid no era una ciudad sin niños sin hogar.
Eso no sería realista.
Pero era una ciudad con menos.
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