Tres niñas huérfanas le pidieron un hogar a un millonario… y Madrid nunca volvió a ser la misma

Diego habría seguido caminando si no hubiera sido por la mirada de la mayor. No era una mirada infantil. Era una mirada cansada. Demasiado consciente.
Cuando sus ojos se cruzaron, la niña dio un paso adelante.

—Señor… disculpe —dijo con voz baja—. No tenemos a dónde ir.

Diego frunció el ceño, incómodo. Aquello no entraba en su agenda.
—¿Dónde están vuestros padres? —preguntó, más por inercia que por interés.

—No tenemos —respondió la niña—. Somos huérfanas. Nos han echado del orfanato.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como copos de nieve que tardan en caer.
Diego miró a su alrededor. Ejecutivos, coches de lujo, cristales impecables. Aquel no era lugar para ese tipo de historias.

—¿Por qué me dicen esto a mí? —preguntó, seco.

La niña tragó saliva.
—Porque nos dijeron que usted tiene muchas casas.

Detrás de ella, las otras dos se apretaban la mano. Lucía, de unos nueve años, observaba el suelo, conteniendo las lágrimas. Esperanza, la más pequeña, se escondía parcialmente detrás de sus hermanas, abrazando un viejo oso de peluche con una oreja rota.

Diego sintió un pinchazo en el pecho que no supo identificar.
Su reloj Patek Philippe marcaba la hora exacta. Tenía una cena, llamadas pendientes, decisiones millonarias que tomar. Y sin embargo, no se movía.

—No pedimos quedarnos para siempre —continuó la mayor, Carmen—. Solo un sitio donde dormir esta noche. Mañana veremos qué hacemos.

Aquella frase, tan simple, derrumbó algo dentro de él.
Recordó a su madre diciéndole exactamente lo mismo treinta años atrás.

Diego respiró hondo. Ayudarlas significaba papeleo, preguntas, problemas.
Pero rechazarlas significaba… volver a ser el hombre que siempre había sido.

—Síganme —dijo finalmente.

Ni siquiera él entendió cómo esas palabras habían salido de su boca.

Las niñas se miraron incrédulas, como si temieran haber escuchado mal. Carmen fue la primera en reaccionar. Tomó la mano de Lucía y luego la de Esperanza.
Avanzaron despacio, como si un movimiento brusco pudiera romper el hechizo.

El chófer, Miguel, abrió los ojos al verlas subir al Bentley.
—Señor… —intentó decir.

—Conduce —ordenó Diego—. Al ático de Salamanca.

Durante el trayecto, nadie habló.
Diego observaba a las niñas por el retrovisor. No tocaban nada. No preguntaban nada. Se limitaban a mirar la ciudad con una mezcla de asombro y cansancio.

Cuando llegaron al ático, Carmen soltó un suspiro involuntario.
El lugar era amplio, elegante, frío. Muebles caros, paredes blancas, silencio absoluto.

—Pueden quedarse esta noche —dijo Diego—. Mañana veremos qué hacer.

Lucía no pudo contener las lágrimas.

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