Diego Mendoza había aprendido muy pronto una lección que marcaría toda su vida: en este mundo, quien no posee nada, no es nadie.
Tenía solo once años cuando su padre murió y su madre, enferma y agotada, perdió el pequeño piso en el que vivían en Vallecas. Durante meses durmieron en casas prestadas, en sofás ajenos, en habitaciones donde siempre estorbaban. Diego recordaba con nitidez aquella sensación de no pertenecer a ningún lugar, de vivir con la maleta lista por si al día siguiente había que marcharse.
Juró entonces que jamás volvería a depender de nadie.
Y cumplió su promesa.
A los 42 años, Diego Mendoza era uno de los magnates inmobiliarios más poderosos de España. Su nombre figuraba en revistas económicas, foros de inversión y cenas exclusivas. Doscientas propiedades de lujo repartidas por Europa. Áticos en Madrid, villas en la Costa Azul, edificios históricos reconvertidos en apartamentos de alto standing.
Pero ninguna de esas casas tenía fotografías familiares, risas infantiles ni recuerdos. Eran espacios perfectos… y vacíos.
Aquella tarde de noviembre, Diego salió de su oficina en el barrio de Salamanca con una sonrisa de satisfacción que no mostraba a menudo. Acababa de cerrar la compra de un antiguo palacio sevillano por cincuenta millones de euros. Un movimiento brillante. Arriesgado. Rentable.
Mientras el ascensor descendía, revisaba mentalmente los beneficios futuros, sin sospechar que su vida estaba a punto de desviarse por completo de la ruta que había trazado durante décadas.
Al cruzar las puertas giratorias del edificio, el frío de Madrid le golpeó el rostro. Entonces las vio.
Tres niñas estaban de pie junto a una de las columnas de la entrada. No gritaban. No corrían detrás de nadie. No pedían limosna.
Simplemente esperaban.
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