Esa noche, no pude dormir. Al verlos deambular por mi cocina, deambular por mi jardín, abrir puertas a voluntad, me sentí como una intrusa en mi propia vida. Cuando un primo dijo: «Podríamos venir aquí los fines de semana; hay tanto espacio», sentí que algo dentro de mí se quebraba.
A la mañana siguiente, fui a la inmobiliaria y firmé la venta de la casa. Cuando Matteo regresó, le entregué las llaves con voz firme:
Si te gusta compartirlo todo con tu familia, quédate con ellos. Yo mantendré mi libertad.

Se puso pálido. Le faltaban las palabras. Lo dejé allí, iniciando el primer capítulo verdadero de mi independencia.
Le tomó dos días entender que hablaba en serio. Ni las llamadas, ni los mensajes, ni siquiera las flores en mi trabajo lograron hacerme cambiar de opinión. El problema no era solo de acceso, sino de límites, respeto y autonomía.
Su familia se sintió ofendida. Los mensajes pasivo-agresivos abundaron: «Lucía, estás exagerando». Pero la unidad no significa ceder espacio.
Me quedé temporalmente en el apartamento de Carmen. Todas las noches, compartíamos vino barato en su terraza. «Lucía», dijo, «él no lo entiende. El respeto no se negocia».
Poco a poco, vi a Matteo como realmente era: no cruel, sino emocionalmente dependiente de su familia. Cada decisión, desde las cortinas hasta las inversiones, dependía de su aprobación. Sus intentos de independencia se enfrentaban a la respuesta de: «Solo quieren ayudarnos».
Una noche, recuperé objetos personales de la casa. Matteo estaba sentado en el sofá, cansado.
Lucía, no entiendo por qué no puedes perdonarme. Solo quería que mi familia se sintiera bienvenida.
—Tu familia no es el problema —dije—. Es tu incapacidad para poner límites. Una pareja es un equipo, no una extensión de tus padres.
Me fui sin mirar atrás. La casa se vendió rápidamente a una pareja joven, y cerré la puerta por última vez, sintiendo alivio en lugar de pérdida.
