Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Me contó sobre su deseo de morir, sobre las noches llorando, sobre el asco que sentía hacia su propio cuerpo, pero también empezó a hablar de esperanza. El bebé que crecía dentro de ella no era solo símbolo de su trauma. empezaba a verlo como una vida inocente que merecía amor. Los doctores le explicaron que nada de lo que pasó era culpa del bebé. Poco a poco Rosa empezó a sanarse emocionalmente. En febrero de 1954, Rosa dio a luz a una niña hermosa.

Decidió quedársela. Le puso Elena como yo, porque decía que yo había sido la primera persona que la trató con dignidad en meses. Cuando me lo dijo, lloré de emoción. Era un honor inmenso que esa muchacha valiente le diera mi nombre a su hija. El señor Mario pagó todo para que Rosa pudiera establecerse. Le consiguió un trabajo en una fábrica textil. Le pagó un curso de costura para que tuviera un oficio. Le alquiló un departamento pequeño donde podía vivir con su hija.

Rosa floreció. De la muchacha rota que rescatamos en Oaxaca surgió una madre fuerte y dedicada. Este fue solo uno de docenas de casos similares que manejamos durante esos años. El señr Mario ayudaba sin límite a cualquiera que lo necesitara y todo en secreto absoluto. Nadie podía saber que Cantinflas era quien estaba detrás de toda esa generosidad. En marzo de 1954, el señor Mario me confesó algo que me sorprendió. Me dijo que toda su generosidad, toda la ayuda que daba, era su forma de expiar culpas.

Se sentía culpable por tener tanto cuando millones de mexicanos tenían tan poco. Se sentía culpable por no poder ser padre de su propio hijo. Se sentía culpable por vivir una mentira pública mientras tanta gente sufría verdades terribles. Le dije que no tenía por qué sentirse culpable, que él había trabajado duro por lo que tenía, que su éxito era merecido. Él negó con la cabeza. Me explicó que sí había trabajado duro, pero también había tenido suerte. Millones de mexicanos trabajaban igual o más duro que él y seguían siendo pobres.

La diferencia no era solo el esfuerzo, era la suerte, las oportunidades, las circunstancias. Me habló sobre su filosofía de vida. decía que los que tienen mucho tienen obligación moral de ayudar a los que no tienen nada, que la riqueza no era para acumular egoístamente, sino para compartir, que al final de la vida lo único que importaba era cuántas personas habías ayudado, cuántas vidas habías tocado positivamente. Esas conversaciones filosóficas se volvieron frecuentes. El señor Mario era un pensador profundo, disfrazado de comediante.

Leía constantemente filosofía, historia, política, literatura. Su estudio estaba lleno de libros subrayados con notas en los márgenes. Me prestaba libros, me pedía mi opinión, aunque yo apenas había terminado la primaria. Una noche me prestó un libro sobre existencialismo. Intenté leerlo, pero era muy complicado para mí. Se lo devolví disculpándome por no poder entenderlo. Él sonrió y me explicó los conceptos básicos. me habló sobre el absurdo de la existencia, sobre como cada persona tiene que encontrar su propio significado en la vida, sobre como la autenticidad es más importante que la aprobación social.

Le pregunté si él sentía que vivía auténticamente. Se quedó en silencio largo rato. Luego me dijo que no, que su vida pública era completamente inauténtica, que Cantinflas era un personaje que él interpretaba, pero que no era realmente él. me dijo que solo en esos momentos privados, cuando ayudaba a gente en secreto, cuando conversábamos sin máscaras, sentía que era genuinamente el mismo. En abril de 1954 recibió otra carta de Marion. Esta vez traía malas noticias. Su hijo Mario Arturo estaba teniendo problemas en la escuela.

Se peleaba con otros niños, tenía mal comportamiento. Los maestros se quejaban. Marion estaba preocupada. El padrastro intentaba disciplinarlo, pero el niño se revelaba. Marion preguntaba si el señor Mario tenía algún consejo, si había algo que pudiera hacer a distancia. El señor Mario se atormentó con esa carta. Se sentía impotente. Su hijo necesitaba una figura paterna fuerte y él no podía estar ahí. Todo el dinero del mundo no servía de nada si no podía abrazar a su hijo, hablar con él, guiarlo.

Escribió una carta larga para Marion explicándole técnicas de disciplina positiva, hablándole sobre la importancia de la paciencia, del amor incondicional, pero después de enviar esa carta se derrumbó. Me dijo que era absurdo, que estaba dando consejos de paternidad por carta cuando debería estar ahí físicamente siendo padre. me dijo que su hijo estaba actuando mal, probablemente porque sentía la ausencia de su padre biológico, porque en algún nivel intuitivo sabía que algo no cuadraba en su vida. Le dije que tal vez algún día, cuando su hijo fuera adulto, podría conocer la verdad y entender por qué las cosas fueron como fueron.

El señor Mario negó con tristeza. Me dijo que prefería que su hijo nunca supiera la verdad, que creciera creyendo que su padrastro era su verdadero padre, que tuviera una vida normal sin la carga de saber que Cantinflas era su papá. biológico. En mayo de ese año, el señor Mario empezó a filmar una nueva película. Se llamaba El bolero de Raquel. Era una comedia sobre un hombre que se enamora, pero no puede expresar sus sentimientos. La ironía no se me escapó.

Estaba actuando una historia que reflejaba su propia vida. Durante la filmación de esa película, el señor Mario se volvió más introspectivo. Un día me confesó algo perturbador. Me dijo que a veces cuando actuaba en sus películas, cuando hacía reír a todo el equipo de producción, sentía como si estuviera viendo su propia vida desde afuera, como si Mario Moreno estuviera observando a Cantinflas actuar, completamente separados, dos personas distintas en el mismo cuerpo. Le pregunté si eso lo asustaba.

me dijo que sí, que a veces temía perder completamente a Mario Moreno, que Cantinflas lo absorbiera totalmente hasta que ya no quedara nada del hombre real. Por eso valoraba tanto nuestras conversaciones, porque cuando hablábamos yo me dirigía a Mario, no a Cantinflas. Eso lo mantenía anclado a su humanidad. En junio sucedió algo que puso a prueba nuestra discreción. Un periodista ambicioso empezó a investigar la vida privada del señor Mario. Hacía preguntas en el vecindario, hablaba con comerciantes locales, intentaba sobornar a empleados de otros hogares para que contaran chismes.

Era evidente que buscaba algo escandaloso para publicar. El señor Mario se puso muy nervioso. Si ese periodista descubría sobre su hijo secreto, sobre sus caridades anónimas, sobre su intento de suicidió, todo se vendría abajo. Su carrera terminaría, su imagen sería destruida. Rosalía y yo redoblamos nuestra vigilancia. No hablábamos con nadie de nada. Cuando el periodista intentó sobornarnos ofreciéndonos dinero por información, lo rechazamos inmediatamente. Una noche el periodista apareció en la puerta de la casa. Exigía hablar con el señor Mario.

Decía que tenía evidencia de algo que el público necesitaba saber. El señor Mario lo recibió en su estudio. Yo me quedé afuera, pero escuché parte de la conversación. El periodista acusaba al señor Mario de tener una amante secreta, de financiar a una mujer en Estados Unidos. El señor Mario manejó la situación con frialdad impresionante. Le dijo al periodista que podía publicar lo que quisiera, pero que primero debería considerar las consecuencias. Le recordó que él, Cantinflas, era amado por todo México.

Cualquier periodista que intentara destruir su imagen se ganaría el odio del pueblo mexicano. Su carrera periodística terminaría antes de que la de Cantinflas terminara. Además, le ofreció algo inteligente. Le dijo que si el periodista mantenía discreción, él le daría exclusiva sobre sus proyectos futuros, entrevistas privilegiadas, acceso que ningún otro periodista tendría. Era más beneficioso para su carrera ser el periodista favorito de Cantinflas que ser el que intentó destruirlo. El periodista aceptó el trato, se fue de la casa y nunca publicó nada comprometedor.

Pero ese incidente dejó al señor Mario muy alterado. Se dio cuenta de que su privacidad estaba constantemente amenazada, que en cualquier momento alguien podía descubrir sus secretos. Esa presión constante lo estaba matando lentamente. En julio de 1954 sucedió algo hermoso que le dio esperanza. Rosa, la muchacha de Oaxaca, a quien habíamos ayudado, nos visitó con su bebé Elena. La niña tenía 5 meses. Estaba gordita y saludable. Rosa lucía transformada, radiante, orgullosa de su hija. Nos contó que había conocido a un hombre bueno en la fábrica textil, alguien que la aceptaba con su historia y amaba a la bebé como propia.

El señor Mario cargó a la bebé con ternura infinita. La meció en sus brazos mientras la niña lo miraba con ojos curiosos. Yo vi lágrimas correr por su cara. Esa bebé representaba todo lo que él no podía tener con su propio hijo, pero al menos podía tener esto, el privilegio de haber ayudado a que esa vida llegara al mundo en condiciones dignas. Cuando Rosa se fue, el señor Mario me dijo algo que me quedó grabado. Me dijo que tal vez Dios lo había puesto en esta tierra con esta fama y este dinero, no para su propia felicidad, sino para ser instrumento de ayuda para otros.

Tal vez su sufrimiento personal tenía propósito si le daba empatía para ayudar a otros que sufrían. En agosto de 1954, el señor Mario decidió hacer algo arriesgado. Quería viajar a Los Ángeles en secreto para ver a su hijo una última vez antes de que creciera, tanto que ya no lo reconociera. Era extremadamente peligroso. Si alguien lo reconocía, si la prensa se enteraba, todo se descubriría. Pero el deseo de ver a su hijo era más fuerte que el miedo.

Me pidió que lo acompañara. Necesitaba a alguien de confianza que lo ayudara a mantener el disfraz. Viajamos en un vuelo comercial con el usando lentes oscuros, sombrero, bigote falso sobre su bigote real, ropa común. Nadie lo reconoció. Llegamos a Los Ángeles y nos hospedamos en un hotel modesto bajo nombres falsos. Marion había coordinado todo. Nos encontramos con ella y el niño en un parque público. Cuando vi a Mario Arturo por primera vez en persona, me impactó el parecido con su padre.

Tenía los mismos ojos expresivos, la misma forma de sonreír. El niño tenía 10 años ahora. Era alto para su edad, delgado, con energía inquieta de niño sano. El señor Mario pasó toda la tarde jugando con él. Lanzaron una pelota de béisbol, comieron helado, hablaron de la escuela, de los amigos, de las cosas que le gustaban. El niño no sabía quién era realmente ese señor amable. Para él era solo tío Mario, un amigo de su mamá que venía a visitarlos de vez en cuando.

Yo observaba desde una banca cercana, fingiendo leer un libro, pero sin quitar los ojos de ellos. La felicidad en el rostro del señor Mario era genuina, completa, no actuada. En ese momento no era Cantinflas, era simplemente un papá disfrutando de su hijo. Marion también los observaba desde lejos con expresión melancólica. Ella sabía el dolor que todo esto causaba. Cuando llegó el momento de despedirse, el señor Mario abrazó a su hijo muy fuerte. El niño se rió y le dijo que lo estaba aplastando.

Él aflojó el abrazo, pero no lo soltaba. Finalmente, Marion tuvo que intervenir diciendo que era hora de irse. El niño se despidió con un saludo casual y se fue corriendo hacia el carro. No miró atrás. Para él era solo una tarde en el parque, pero para el señor Mario era una despedida que sabía podría ser definitiva. Cuando el carro se alejó, él se quedó parado en el parque mirando hasta que desapareció completamente de la vista. Luego se dejó caer en una banca y lloró sin importarle que yo lo viera.

No eran soyos ahogados como en casa. Era llanto liberador, profundo, gutural. Esa noche en el hotel, el señor Mario no pudo dormir. Se quedó sentado junto a la ventana mirando las luces de los ángeles. Me senté con él en silencio. Después de varias horas me habló. Me dijo que ese día había sido el más feliz y el más triste de su vida. Feliz porque pudo estar con su hijo, triste porque confirmó todo lo que había perdido. Me dijo que su hijo era un niño maravilloso, inteligente, gracioso, bueno.

Marion había hecho un trabajo excelente criándolo. El padrastro también parecía ser hombre decente. Su hijo estaba creciendo bien, en ambiente estable, con amor. Eso debería consolarlo, pero solo intensificaba el dolor de no poder ser parte de esa vida. Volvimos a México al día siguiente. Durante el vuelo, el señor Mario no dijo palabra. Miraba por la ventana del avión con expresión vacía. Yo sabía que estaba procesando todo, guardando cada detalle de ese día en su memoria, porque no sabía si volvería a tener otra oportunidad de ver a su hijo.

Cuando llegamos a casa, volvimos a la rutina normal. Él tenía filmaciones. Yo tenía el trabajo de coordinar sus caridades, pero algo había cambiado. Después de ver a su hijo, el señor Mario se volvió más determinado en ayudar a otros niños. Era como si cada niño que ayudaba fuera una ofrenda, un tributo a su propio hijo ausente. En septiembre abrimos un programa nuevo. Financiaríamos becas escolares completas para niños pobres con talento académico. 50 becas por año, desde primaria hasta universidad.

Todo pagado, libros, uniformes, transporte, comida. Los niños nunca sabrían que Cantinflas pagaba sus estudios. Pensarían que era una fundación anónima. En octubre de 1954 recibimos una solicitud que nos rompió el corazón. Era de una muchacha de 17 años con leucemia. Los doctores decían que le quedaban pocos meses de vida. Su único deseo era conocer a Cantinflas antes de morir. Era su ídolo. Había visto todas sus películas. Soñaba con verla en persona, aunque fuera solo una vez. Normalmente el señor Mario mantenía distancia de los casos que ayudábamos.

Daba el dinero, pero no se involucraba personalmente. Pero esta solicitud lo conmovió profundamente. Me dijo que visitaríamos a la muchacha. Fuimos al hospital donde estaba internada. Era un hospital público con paredes descascaradas y olor a desinfectante barato. La muchacha se llamaba Patricia. Estaba en una cama en un cuarto compartido con otras tres pacientes. Estaba muy delgada, pálida, con pañuelo cubriendo su cabeza porque había perdido el pelo por la quimioterapia, pero sus ojos brillaban de emoción cuando nos vio entrar.

El señor Mario se sentó en la orilla de su cama y le tomó la mano. Le habló con ternura, le contó chistes, le hizo reír. Patricia se olvidó por un momento de su enfermedad. Durante una hora fue solo una muchacha feliz conociendo a su ídolo. Le firmó autógrafos, le trajo flores, le prometió que volvería a visitarla y cumplió esa promesa. Durante los siguientes dos meses visitó a Patricia dos veces por semana. Le llevaba revistas, chocolates, le contaba sobre las filmaciones.

A veces solo se sentaba con ella en silencio, sosteniendo su mano mientras ella dormía. La familia de Patricia estaba abrumada de gratitud, pero también confundida. No entendían por qué Cantinflas dedicaba tanto tiempo a su hija. En diciembre, Patricia empeoró rápidamente. Una noche recibimos llamada urgente del hospital. Patricia estaba muriendo. Pedí ver al señor Mario una última vez. Salimos inmediatamente, aunque era la madrugada. Llegamos al hospital y corrimos a su habitación. Patricia estaba consciente, pero apenas podía hablar.

Su mamá y sus hermanos estaban alrededor de la cama llorando. El señor Mario se acercó a ella. Patricia lo miró y sonrió débilmente. Con voz apenas audible. le agradeció por haberla hecho feliz en sus últimos meses. Le dijo que moriría en paz sabiendo que su ídolo se había convertido en su amigo. El señor Mario le sostuvo la mano y le cantó suavemente una canción de cuna que su propia madre le cantaba cuando él era niño. Patricia cerró los ojos mientras él cantaba.

Su respiración se hizo más lenta, más superficial, hasta que finalmente se detuvo. Murió sosteniendo la mano del hombre que había sido su luz en la oscuridad de su enfermedad. El señor Mario siguió cantando unos segundos más, como si no quisiera aceptar que ella se había ido. Luego cayó y se quedó sentado junto a ella con la cabeza inclinada. La familia lloraba abiertamente. El señor Mario les ofreció pagar todos los gastos del funeral. Se fue del hospital con expresión devastada.

Durante el camino a casa no habló. Cuando llegamos, se encerró en su estudio. Yo escuché música triste toda la noche. No eran los pasos de insomnio, era alguien procesando pérdida otra vez. Al día siguiente me llamó a su estudio. Tenía ojos hinchados de llorar. Me dijo algo que me sorprendió. Me dijo que visitar a Patricia había sido más beneficioso para él que para ella. Verla enfrentar la muerte con valentía, verla mantener el buen humor a pesar del dolor, verla agradecer por cada día extra de vida, le había enseñado algo sobre el valor de la existencia.

Me dijo que él se quejaba constantemente sobre su vida, sobre no poder estar con su hijo, sobre vivir una mentira pública, pero tenía salud, tenía dinero, tenía comida en la mesa, tenía techo sobre su cabeza. Patricia no tenía nada de eso y aún así murió agradecida por haber vivido. Eso lo hacía sentir avergonzado de su autocompasión. La muerte de Patricia marcó un cambio en el señor Mario. Empezó a valorar más cada día, a quejarse menos, a enfocarse más en ayudar que en lamentar.

En enero de 1955 me anunció que quería expandir nuestro programa de ayuda. Ya no solo responderíamos a solicitudes, buscaríamos activamente gente que necesitara ayuda. Contratamos a dos personas más de confianza absoluta para que nos ayudaran a investigar casos. Yo supervisaba todo, reportaba directamente al señor Mario. Llegamos a ayudar a más de 100 familias por mes. Pagábamos operaciones, medicinas, funerales, rentas, becas escolares, lo que fuera necesario. El señor Mario dedicaba casi el 50% de sus ingresos a estas ayudas.

Una tarde le pregunté si no le preocupaba gastar tanto dinero. Él sonrió y me dijo que el dinero era solo papel, que no podía llevárselo a la tumba. que el único valor real del dinero era lo que podías hacer con él para mejorar vidas. Me dijo que moriría pobre si eso significaba que había ayudado a todos los que pudo. Esas palabras me hicieron amarlo aún más. No amor romántico, nunca fue eso. Era amor de respeto profundo, de admiración genuina por un ser humano excepcional disfrazado de comediante.

El mundo veía a Cantinflas, el payaso. Yo conocía a Mario, el hombre con corazón de oro que sufría en silencio mientras ayudaba a miles. En marzo de 1955, Rosalía anunció que se retiraba. Su salud no era buena y quería pasar sus últimos años con su familia. El señor Mario le dio una pensión generosa y una bonificación enorme. Rosalía lloró de agradecimiento. El día que se fue, me abrazó fuerte y me susurró, “Cuídalo, Elena. Ese hombre tiene corazón demasiado grande para este mundo cruel.

Me quedé sola como empleada doméstica principal. El señor Mario contrató una cocinera que venía tres veces por semana, pero el resto del tiempo éramos solo él y yo en esa casa enorme. Nuestra relación se volvió todavía más cercana. Yo no era solo empleada, era confidente, asistente, amiga, la única persona con quien podía ser completamente auténtico. Una noche de abril me llamó a su estudio. Estaba bebiendo whisky, algo que hacía raramente. Me ofreció una copa. Yo acepté aunque no era acostumbrada.

Nos sentamos en silencio por un rato. Luego él empezó a hablar de muerte. Me preguntó si yo creía en vida después de la muerte. Le dije que sí, que tenía que creer, porque si no, ¿qué sentido tenía todo este sufrimiento? Él me dijo que él no estaba seguro. A veces pensaba que si había algo después, pero otras veces pensaba que solo había vacío. Le aterraba la idea de morir y simplemente dejar de existir. Toda su fama, todo su trabajo, todo se olvidaría eventualmente.

En 100 años nadie recordaría quién fue Cantinflas. seríamos todos polvo. Le dije que eso no era verdad, que sus películas quedarían para siempre, que generaciones futuras seguirían riéndose con él. Él negó con la cabeza. Me dijo que las películas eran solo celuloides, que eventualmente se desintegrarían. Lo único que realmente quedaba de una persona era el impacto que tuvo en otras vidas y ese impacto era imposible de medir. Le pregunté si por eso ayudaba a tanta gente para dejar impacto.

Él pensó largo rato antes de responder. Me dijo que al principio sí, que ayudaba por culpa y por querer dejar legado, pero ahora ayudaba simplemente porque no podía no hacerlo. Ver a alguien sufriendo y tener capacidad de ayudar, pero elegir no hacerlo era imposible para él. se había vuelto parte de quién era. Esa noche conversamos hasta el amanecer. Hablamos de vida, muerte, significado, propósito, todo lo grande y terrible de la existencia humana. Cuando finalmente nos fuimos a dormir, el sol ya estaba saliendo.

Yo me sentía agotada, pero también llena. Esas conversaciones profundas alimentaban mi alma de formas que no sabía explicar. En mayo recibí noticia terrible. Mi mamá había muerto. Ataque cerebral repentino. Mis hermanos me llamaron llorando. El señor Mario me encontró llorando en mi cuarto. No dijo nada, solo me abrazó dejándome llorar. Luego me dijo que fuera a Guanajuato inmediatamente, que me tomara todo el tiempo que necesitara, que no me preocupara por nada. Me dio dinero para el funeral y me puso su carro con chóer a disposición.

Estuve dos semanas en mi pueblo. El funeral de mi mamá fue simple, pero digno. Toda la gente del pueblo que ella había conocido vino a despedirla. Contaban historias sobre su bondad, su trabajo duro, su sonrisa a pesar de la pobreza. Yo lloraba escuchando esas historias, dándome cuenta de que mi mamá había sido heroína silenciosa, igual que tantas mujeres mexicanas pobres. Mis hermanos ya eran hombres hechos y derechos. El mayor se había casado y tenía dos hijos. El segundo trabajaba en una fábrica en León.

El tercero había emigrado al norte buscando mejor vida. Todos habían salido adelante a pesar de la pobreza. Mi mamá había logrado su objetivo de crear hijos trabajadores y buenos. Podía descansar en paz. Cuando volví a la Ciudad de México, algo había cambiado en mí. Perder a mis dos padres me hizo consciente de mi propia mortalidad. Yo tenía 24 años, pero sabía que la vida podía terminar en cualquier momento. Decidí que mientras viviera haría que mi vida contara, igual que el señor Mario hacía que la suya contara ayudando a otros.

El señor Mario me recibió con preocupación genuina. Me preguntó por mis hermanos, me ofreció ayuda si la necesitaban. Le agradecí y le dije que estaban bien. Luego me senté con él en su estudio y le dije algo que había estado pensando durante mi viaje. Le dije que quería dedicar mi vida completa a ayudarlo con su trabajo de caridad. Ya no quería ser solo empleada doméstica. Quería ser su socia en esta misión de ayudar a México. Él se emocionó con mi propuesta.

me dijo que era exactamente lo que necesitaba, alguien totalmente comprometido con la causa. Me ofreció un salario mayor y me dio más responsabilidades. Desde ese día fui oficialmente su asistente ejecutiva para obras filantrópicas. Contratamos más empleados para la casa. Yo me dediqué completamente a coordinar las ayudas. Entre 1955 y 1960 ayudamos a miles de personas. Pagamos cientos de cirugías, miles de medicinas, cientos de funerales, miles de becas escolares. Construimos tres escuelas en zonas rurales. Financiamos dos clínicas médicas en barrios pobres.

Establecimos un fondo permanente para viudas y huérfanos. Todo en absoluto secreto. Nadie podía saber qué Cantinflas estaba detrás. El señor Mario estaba más feliz durante esos años que en cualquier otro momento desde que lo conocí. Tener propósito claro, sentir que su vida servía para algo más grande que su fama, le daba paz. Seguía filmando películas, seguía haciendo cantinflas en público, pero en privado era Mario Moreno, el filántropo secreto. En 1960 sucedió algo que lo alteró profundamente. Recibió carta de Marion.

Su hijo Mario Arturo acababa de cumplir 16 años. Era casi un hombre. Marion enviaba una foto. El muchacho era alto, guapo, con el bigote apenas creciendo, sonrisa segura. Se parecía tanto a su padre que era imposible negarlo. Marion escribía que el muchacho preguntaba cada vez más sobre su padre biológico. El padrastro le había contado que era adoptado. Ahora quería saber quién era su papá real. El señor Mario entró en crisis otra vez. Marion le preguntaba si quería que le revelara la verdad al muchacho, si quería conocer a su hijo como padre, no como tío.

Era decisión que debía tomarse ahora, porque pronto el muchacho sería adulto y tendría derecho a saber su propia historia. Pasamos semanas discutiendo las opciones. Por un lado, el señor Mario moría de ganas de que su hijo supiera la verdad, de poder tener relación real con él. Por otro lado, revelarlo significaba arriesgar escándalo público, destruir su carrera, manchar el nombre de su hijo con el estigma de bastardo de estrella de cine. Después de mucha agonía, tomó la decisión más dolorosa de su vida.

le escribió a Marion diciéndole que no revelara la verdad, que era mejor que su hijo siguiera creyendo que su padrastro era su verdadero padre, que creciera normal, sin la carga de ser hijo secreto de Cantinflas, que viviera su propia vida sin la sombra de la fama. Era el sacrificio final de amor paternal, renunciar a ser padre para proteger a su hijo. Cuando terminó de escribir esa carta, lloró durante horas. Yo me quedé con él en su estudio sin decir nada.

No había palabras de consuelo para una decisión así. Él acababa de renunciar voluntariamente a la única cosa que realmente quería la vida, una relación con su hijo. Lo hizo por amor. Ese es el tipo de hombre que era. Marion respondió semanas después. Respetaba su decisión. Le contó a su hijo que su padre biológico había muerto antes de que él naciera. El muchacho aceptó esa historia y siguió adelante con su vida. Nunca sabría que su padre vivía, que lo amaba desde lejos, que lo había estado protegiendo toda su vida.

Esa decisión cambió algo en el señor Mario. Se volvió más melancólico, más silencioso. Ya no había las conversaciones largas de antes. Se sumó más profundamente en el trabajo, filmando sin parar, ayudando a más gente. Era como si intentara llenar el vacío con actividad constante. En 1961 recibimos noticia que nos alegró. Rosa, la muchacha de Oaxaca que habíamos ayudado, se había casado. Su esposo había adoptado legalmente a su hija Elena. Ahora eran familia completa y feliz. Rosa nos invitó a la boda.

El señor Mario no pudo ir públicamente, pero fuimos disfrazados sentándonos al fondo de la iglesia. Ver a Rosa radiante en su vestido de novia, ver a su hija de 7 años como damita de honor, ver al novio mirando a Rosa con amor puro, todo eso nos llenó de alegría. habíamos ayudado a crear esa historia feliz. Esa familia existía y prosperaba porque el señor Mario había intervenido en el momento preciso. Esa era la recompensa real de todo nuestro trabajo.

 

 

 

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