TRABAJÉ 10 AÑOS DE ‘MOJADA’ EN USA PARA CONSTRUIR UNA MANSIÓN A MIS PADRES. AL VOLVER DE SORPRESA, ENCONTRÉ UN TERRENO BALDÍO Y A MI HERMANO MANEJANDO MI CAMIONETA

No había casa.
No había segundo piso.
No había mármol.

Había el mismo terreno de hace diez años, con la misma casita de adobe cayéndose a pedazos, y un montón de escombro y basura en el patio.

—Se debió equivocar, señorita —dijo el taxista.
—No —susurré, sintiendo que me faltaba el aire—. Es aquí.

Bajé del taxi con mis maletas. En ese momento, salió del portón una camioneta Ford Lobo del año, negra, brillante, con música de banda a todo volumen.
Al volante iba Luis, mi hermano. Llevaba gafas oscuras, sombrero de marca y una camisa de seda abierta hasta el pecho. De copiloto, su esposa, llena de joyas de oro.

Se frenaron en seco al verme. Luis se bajó los lentes, pálido como un muerto.
—¿Rocío? —tartamudeó—. ¿Qué… qué haces aquí? No avisaste.

—¿Dónde está mi casa, Luis? —pregunté. Mi voz no era voz, era un hilo de dolor.

—Ah… este… es que hubo problemas con los albañiles, hermanita. Ya sabes cómo son de rateros. Y los permisos del municipio… se complicó todo. Pero, ¡mira qué bien te ves! ¡Pásale, mamá se va a alegrar!

Entré a la casita de adobe. Estaba igual o peor que cuando me fui. Mi madre estaba en la cocina, viendo una televisión pantalla plana de 80 pulgadas que no cabía en el cuarto.
Cuando me vio, se puso a llorar. No de alegría. De culpa.

—Hija… llegaste.

—Mamá, envié casi 3 millones de pesos en diez años. ¿Dónde está el dinero?

Mi padre salió de la recámara. Se veía viejo, pero bien vestido.
—Hija, no empieces con reclamos apenas llegando. El dinero se gasta. La vida aquí es cara. Tuvimos enfermedades… tu hermano tuvo que invertir en unos negocios que salieron mal… la inflación…

—¿Negocios? —señalé hacia afuera, donde Luis intentaba esconder la camioneta—. ¿Esa camioneta es el negocio? ¿Las cadenas de oro de su esposa son la inflación?

—¡Es que no entiendes! —gritó Luis, entrando a la casa—. ¡Tú estabas allá ganando dólares fácil! ¡Nosotros aquí sufriendo! ¡Teníamos derecho a vivir bien también! ¡Tú mandabas el dinero para la familia, y la familia lo usó!

—Lo mandé para la casa, Luis. Para MI casa.

—Pues ya no hay dinero —sentenció mi padre, golpeando la mesa—. Y si vienes a echarnos en cara tu ayuda, mejor regrésate por donde viniste. Aquí no queremos gente egoísta. Esta es mi casa y aquí mando yo. Si quieres quedarte, hay un catre en la cocina. Pero vas a tener que buscar trabajo aquí para aportar pal’ gasto, porque ya se nos acabó lo que mandaste el mes pasado.

Me quedé parada en medio de esa cocina sucia, viendo a las personas por las que di mi juventud. Diez años de fregar inodoros ajenos para que ellos vivieran como reyes a costa de mis costillas. Las fotos que me enviaban… eran falsas. Eran fotos de casas ajenas, de internet, o de construcciones de vecinos. Se burlaron de mí.

Sentí una rabia negra. Pero también, una claridad repentina.

—Tienen razón —dije, secándome las lágrimas—. El dinero va y viene. Pero hay algo que ustedes no saben.

Abrí mi bolso de mano y saqué una carpeta.
—Hace dos años, cuando Luis me pidió 5 mil dólares “urgentes” para los cimientos de la barda perimetral, algo me olió mal. Contraté a un abogado desde Chicago. Un investigador privado.

Las caras de ellos cambiaron. El miedo reemplazó a la arrogancia.

—Yo sabía que no había casa desde hace dos años —confesé—. Pero seguí mandando dinero. ¿Saben por qué? Porque necesitaba tiempo para que el abogado armara el caso.

—¿Qué caso? —preguntó Luis, sudando.

—Luis, la camioneta está a tu nombre, ¿verdad? Y el terreno del tío Pancho que compraste hace un año para hacer tus fiestas… también está a tu nombre. Y las cuentas de ahorro de papá.
Saqué unos papeles oficiales.

—Todo eso fue comprado con dinero demostrable de mis remesas. Se llama “Enriquecimiento ilícito” y “Fraude por abuso de confianza”. Pero hice algo mejor que demandarlos.
Miré a mi padre.
—Papá, ¿recuerdas que hace seis meses te dije que firmaras unos poderes al licenciado Gómez para “regularizar las escrituras” del terreno porque supuestamente ya estaba la casa terminada?

—Sí… —dijo mi padre, temblando.

—Pues no eran para regularizar. Eran una Donación Total de la Propiedad y un reconocimiento de deuda.

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