El “Sueño Americano” no es un sueño. Es una pesadilla de turnos dobles, espalda rota, discriminación y soledad. Me fui a los 20 años, cruzando el desierto, con la promesa de sacar a mi familia de la pobreza. Soy Rocío. Durante una década, no conocí vacaciones, ni cines, ni ropa nueva.
Trabajé limpiando cuartos de hotel en Chicago por las mañanas y lavando platos en un restaurante por las noches. Mis manos, que antes eran suaves, se llenaron de grietas por el cloro y el agua helada. Pero no me importaba. Cada dólar que ganaba, descontando mi renta en un sótano compartido con cinco personas, lo enviaba a México.
El trato era simple: mi padre y mi hermano mayor, Luis, administrarían el dinero para construir una casa grande. Una casa digna. Una casa donde yo pudiera envejecer tranquila cuando regresara.
—Ya colamos el segundo piso, hija —me decía mi papá por teléfono—. Quedó preciosa.
—Ya pusimos el piso de mármol que querías, hermanita —me decía Luis—. Mándanos otros 2 mil dólares para los acabados del baño, queremos que tengas jacuzzi.
Durante diez años, me enviaron fotos. Fotos de una fachada hermosa, de cuartos amplios, de un jardín verde. Esas fotos eran mi motor cuando sentía que ya no podía más.
La semana pasada, decidí que era hora.
Había juntado lo suficiente. No les avisé. Quería ver sus caras de felicidad al verme llegar. Quería abrazarlos y decirles: “Ya estoy aquí, misión cumplida”.
Tomé el autobús desde la frontera hasta mi pueblo. El corazón se me salía del pecho cuando el taxi entró a mi calle.
Le di al taxista la dirección de siempre. Esperaba ver la mansión de las fotos.
Pero cuando el taxi se detuvo, el mundo se me vino encima.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
