Pero unos días después, cuando le di una palmadita en la cabeza para felicitarlo por sus buenas notas, todo su cuerpo se estremeció de terror, con los ojos abiertos y apartándose. Esa reacción me dejó atónita; me quedé paralizada. Nunca lo había regañado ni le había puesto la mano encima. ¿Por qué actuaba como si reviviera un recuerdo inquietante?
Desde entonces, lo observé con más atención. Noté que el niño —el hijo de mi esposa— se volvía cada vez más retraído. Rehuía el contacto físico, incluso una palmadita o un apretón de manos casuales. Cada vez que su madre lo observaba de cerca, se quedaba en silencio, apretando los dedos con tanta fuerza que palidecía.
Algo dentro de mí susurraba: había una verdad oculta. Me importaba, pero la confusión me atormentaba.
¿Fue mi esposa demasiado dura? ¿O el niño llevaba una herida profunda en su interior? La sospecha me consumía, dejándome inquieto durante noches de insomnio.
Una tarde, llegué a casa antes de lo habitual. Mi esposa seguía en el mercado; solo el niño estaba allí. Estaba sentado en un rincón dibujando en su cuaderno. Me acerqué y vi dibujos irregulares: adultos con expresiones aterradoras. Lo que más me inquietó fueron los bocetos de una mano gigante que se cernía sobre una figura diminuta, agachada por el miedo.
“¿Qué estás dibujando?” pregunté, esforzándome por sonar suave.
El niño se sobresaltó, escondió rápidamente el cuaderno, temblando mientras susurraba: “No… no es nada, señor…”
Me senté tranquilamente a su lado y le hablé suavemente:
¿Tienes miedo de alguien? Si algo anda mal, dímelo. Te protegeré.
Al oír la palabra «papá», se le llenaron los ojos de lágrimas. Permaneció en silencio un buen rato, y de repente rompió a sollozar, gritando aterrorizado:
“Yo… yo no quiero… que ese hombre me toque más…”
Me congelé instantáneamente.
—¿Qué hombre? ¡Dime quién es! —Me dolía el pecho como si se me rompiera.
Entre lágrimas, tartamudeaba: siempre que su madre no estaba, un vecino entraba a escondidas. Al principio, le ofrecía dulces y jugaba, pero luego… su comportamiento se volvió sombrío. El niño intentó esconderse, pero el miedo lo silenció.
Al oír esto, me invadió una furia gélida. Apreté los puños hasta que sangraron. La furia y el dolor me desgarraron. Sentí una inmensa lástima por el niño y una culpa aplastante por haberme dado cuenta demasiado tarde. Mi esposa, sin darse cuenta, seguía cuidándolo con ternura. Y yo, el supuesto protector, no lo había visto.
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