Todos en el tribunal se rieron cuando grité “¡Yo lo defiendo!”, hasta que les enseñé la prueba que nadie quiso ver.

—¡Objeción! Relevancia. ¿Qué importa el auto?
—Estoy estableciendo credibilidad, Su Señoría —dije rápido.
Benítez, para mi sorpresa, se inclinó hacia adelante. La curiosidad le ganó al desprecio.
—Lo permitiré. Responda, señor Paredes.
La frente de Paredes brillaba de sudor.
—No me acuerdo.
—¿No se acuerda de si rentó un auto hace tres meses?
—Tal vez sí. Mi coche estaba en el taller.

Saqué un documento de mi carpeta.
—Su Señoría, prueba de la defensa “A”.
Sostuve un contrato de arrendamiento.
—Este es un contrato de Renta-Fácil, con fecha del 14 de octubre. El día antes del robo. El arrendatario es Tomás Paredes.
La galería soltó un grito ahogado.
Villalobos se puso pálido. —¿De dónde sacó eso?
—Registro público, fiscal. —Benítez tomó el documento y lo leyó con los ojos entrecerrados—. Continúe.

Me volví hacia Paredes, que ya estaba pálido como un fantasma.
—Señor Paredes, ¿por qué necesitaba un auto rentado?
—Mi coche estaba en el taller.
—¿En serio? —Saqué otro papel—. Tengo los registros de su mecánico de confianza. Ningún servicio esa semana.
Paredes apretó la mandíbula.
—Se me olvida. Tal vez fue otra semana.
—¿Dónde está ese auto rentado ahora?
—Lo devolví.
—¿La policía lo examinó?
—No sé.
—¿No sabe si la policía examinó evidencia relacionada con un crimen del que fue testigo clave?
—Solo lo devolví y ya.

Saqué una fotografía ampliada. Era una captura de pantalla del video de seguridad, mejorada, mostrando la placa del auto en el estacionamiento.
—¿Reconoce esta placa? JKT-385.
Paredes miró la foto y se quedó mudo.
—Esa es la placa del auto que usted rentó. Y esta foto muestra ese auto estacionado afuera de la tienda Don Felipe a las 9:36 PM.
Hice una pausa dramática.
—Dieciséis minutos antes del robo.

El tribunal estalló.
—¡Orden! —gritó Benítez, golpeando el mazo, pero sin quitarme la vista de encima.
—Y esta otra foto —saqué la última imagen, la del auto yéndose— muestra el mismo vehículo saliendo a las 9:58 PM.
Me acerqué al estrado, invadiendo su espacio personal.
—Con dos personas a bordo.

Paredes se levantó de golpe, tirando el micrófono.
—¡Esto es una locura! ¡Yo soy la víctima aquí!
—¡Siéntese, señor Paredes! —ordenó Benítez con voz de trueno.
—¡Ella está torciendo todo!
—¡Siéntese ahora! —Benítez lo fulminó con la mirada. Paredes se desplomó en la silla, respirando agitado como un animal acorralado.

Yo me mantuve en calma, fría como el hielo.
—¿Conocía al asaltante real antes de esa noche?
—No…
—¿Se coordinó con él? ¿Lo esperó adentro para darle la señal?
—Esto es…
—¿Alguien le pagó para identificar a Ramón Pérez en esa rueda de reconocimiento?

La cara de Paredes se deformó en una mueca de pánico. Miró a Villalobos buscando ayuda, pero el Fiscal estaba mirando al suelo, derrotado.
—¡Quiero un abogado! —gritó Paredes—. ¡No voy a contestar nada más! ¡Me acojo a la Quinta… a mi derecho a no autoincriminarme!

El caos fue total. La gente gritaba, los periodistas flasheaban sus cámaras.
Benítez golpeó el mazo una, dos, tres veces.
—¡ORDEN! ¡QUIERO ORDEN!
Cuando el ruido bajó un poco, la Licenciada Sara se puso de pie.
—Su Señoría, el caso de la Fiscalía descansa enteramente en este testigo. Si está invocando su derecho contra la autoincriminación en el estrado…

Benítez levantó la mano para callarla. Luego giró la cabeza lentamente hacia el Fiscal Villalobos. Su mirada era de pura furia.
—Señor Fiscal… ¿tiene alguna otra evidencia que vincule al acusado con este crimen?
Villalobos se levantó, parecía que se había encogido diez centímetros.
—La… la identificación del dueño…
—Basada en una rueda de reconocimiento contaminada por este testigo —interrumpió Benítez—. ¿Alguna evidencia física? ¿Huellas? ¿ADN?

El silencio de Villalobos fue la respuesta.
Benítez se volvió hacia Paredes.
—Señor Paredes, queda bajo custodia de este tribunal. No salga del edificio. Alguacil, vigílelo.
Luego miró al jurado.
—Desestimen el testimonio de este testigo por completo.

Y entonces, el Juez Hernán Benítez hizo algo que nadie esperaba.
Me miró a mí.
Realmente me miró. Ya no veía a la niña de la paca, ni a la “chiva” de la Doctores. Veía a una igual.
—Señorita Pérez… —dijo, y su voz resonó en la sala silenciosa—. Ese fue un trabajo excepcional.

Las palabras quedaron flotando en el aire. El juez que me había humillado hacía unas horas, ahora me reconocía frente a todos.
—Se levanta la sesión hasta mañana a las 9:00 AM.
Miró a Villalobos con asco.
—Y más le vale traer respuestas, abogado. Porque si no, las voy a buscar yo mismo.

Parte 4

Capítulo 7: La Caída del Telón

Esa noche, el video de mi contrainterrogatorio se volvió viral.
Alguien en la audiencia lo grabó con su celular (a pesar de las reglas) y lo subió a Twitter. Para cuando llegamos a casa, tenía dos millones de vistas.
Los noticieros hablaban del “Momento del Año”. Expertos legales analizaban cada una de mis preguntas. Profesores de la UNAM decían que usarían el video en sus clases de Derecho Penal.

Pero yo no vi nada de eso.
Estaba sentada en la mesa de la cocina con Mateo, ayudándole a pegar recortes para su tarea de historia, fingiendo que mis manos no seguían temblando.
—¿Va a volver papá mañana? —preguntó Mateo, sin levantar la vista de su cuaderno.
—Sí, chaparro. Va a volver.

A la mañana siguiente, la entrada de los juzgados era un manicomio.
Había tres veces más gente que el día anterior. Cuando caminé hacia el detector de metales, la multitud estalló en aplausos.
—¡Justicia para Valeria! —gritaban—. ¡Sí se pudo!
Agaché la cabeza y entré rápido, agarrada del brazo de Sara.

Adentro, la energía había cambiado por completo. Los policías que antes me miraban feo ahora me abrían paso. Los secretarios me sonreían. Ya no era la niña jugando a disfrazarse; era la que había destapado la cloaca.

Trajeron a mi papá. Se veía más tranquilo, como si hubiera dormido por primera vez en semanas.
El Juez Benítez entró. La sala se quedó muda.
Se veía diferente. La arrogancia había desaparecido, reemplazada por algo que parecía vergüenza o, al menos, una profunda seriedad.
—Antes de comenzar —dijo Benítez, con voz más suave—, necesito abordar algo.

Se giró hacia mí.
—Señorita Pérez, acérquese al estrado, por favor. Usted también, licenciada.
Caminamos hacia él. Mi corazón latía a mil por hora.
Benítez se inclinó hacia nosotras, hablando bajo para que el micrófono no captara todo.
—Señorita Pérez, lo que hizo ayer… Llevo 23 años en este tribunal. He visto a miles de abogados con maestrías y doctorados. Muy pocos han demostrado la habilidad, la preparación y el valor que usted mostró.

Hizo una pausa, tragando saliva.

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