Salí del cubículo y me miré al espejo otra vez. Me lavé la cara con el jabón rosa corriente del dispensador.
—Puedes hacer esto, Valeria —me dije a mí misma, imitando la voz de mi mamá—. Tienes la verdad. Ellos solo tienen miedo.
Salí. La Licenciada Sara me esperaba en una salita vacía.
—Debí prepararte mejor para la hostilidad de Benítez —me dijo Sara, preocupada.
—Está bien. De hecho, es perfecto.
—¿Cómo va a ser perfecto que te humillen públicamente?
—Porque ahora el jurado lo ve como un bully. Y cuando yo demuestre mi punto, se van a acordar de eso.
Sara me estudió un segundo.
—Estás pensando tres jugadas adelante.
—Tengo que hacerlo. Ellos tienen el poder; yo tengo que ser más lista.
Regresamos a la sala. Estaba a reventar. El rumor de la “niña contra el sistema” había llenado las bancas.
El Juez Benítez entró, visiblemente molesto por la multitud.
—Licenciada Sara, ¿tiene alguna otra moción ridícula antes de seguir?
Sara se puso de pie.
—Sí, Su Señoría. La defensa solicita que se permita a la señorita Valeria Pérez conducir el contrainterrogatorio del siguiente testigo, el señor Tomás Paredes.
El tribunal estalló en murmullos. Risitas.
La cara de Benítez se puso roja de furia.
—¿Es una broma?
—Conozco el precedente, Su Señoría. Estado contra Morales. Es mi derecho constitucional coadyuvar en mi defensa técnica.
Benítez me miró como si fuera un insecto en su sopa.
—¿Quiere que esta niña interrogue a un testigo clave?
—Sí, Su Señoría.
Benítez se recargó en su silla de piel, y una sonrisa cruel se formó en sus labios.
—Muy bien. Dejemos que la niña tenga su momento. Cuando se tropiece y haga el ridículo, procederemos con los adultos.
Miró al público.
—Les pido paciencia ante esta… irregularidad.
Golpeó el mazo.
—La Fiscalía puede llamar a su testigo.
El Fiscal Villalobos se levantó, radiante de confianza.
—El Estado llama al señor Tomás Paredes.
Las puertas se abrieron. Tomás Paredes entró. 34 años, camisa planchada, peinado de lado. Parecía el ciudadano modelo, el vecino perfecto. Caminó al estrado con una confianza ensayada. Juró decir la verdad y se sentó, cruzando las manos con calma.
Villalobos lo llevó suavemente por el interrogatorio directo.
Paredes describió cómo entró a la tienda a las 9:50 PM. Cómo vio a un hombre moreno que coincidía con la descripción de mi papá. Habló del terror que sintió al ver el asalto, cómo se escondió detrás de un exhibidor.
—Nunca olvidaré esa cara —dijo Paredes, señalando a mi papá—. Esos ojos… es definitivamente él.
Era perfecto. Justo lo suficientemente nervioso para parecer real.
Villalobos terminó.
—Su testigo, señorita Pérez.
Benítez me miró con sorna.
—Su turno, jovencita. Trate de no avergonzarse.
La galería contuvo el aliento.
Me levanté despacio. Agarré mis notas. Caminé hacia el atril, que me quedaba un poco alto. Ajusté el micrófono hacia abajo. El rechinido resonó en el silencio.
Tomás Paredes me sonrió levemente. Una sonrisa condescendiente.
No tenía ni la menor idea de que estaba a punto de entrar en la boca del lobo.
Capítulo 6: La Trampa Perfecta
Mi voz salió firme, sin temblar.
—Buenas tardes, señor Paredes.
Paredes se echó hacia atrás, relajado.
—Buenas tardes… mija.
Un murmullo recorrió la sala. La condescendencia fue obvia. No reaccioné.
—Usted testificó que entró a la tienda alrededor de las 9:50 PM, ¿correcto?
—Sí.
—No a las 9:45, ni a las 9:55. Específicamente a las 9:50.
—Bueno, por ahí. Pero le dije a la policía 9:50 en mi declaración.
—¿Estaba seguro entonces?
—Supongo que sí.
—¿Entonces está menos seguro ahora que hace tres meses?
Villalobos se levantó de un salto.
—¡Objeción! Argumentativa.
—Señorita Pérez —dijo Benítez—, haga preguntas, no discuta.
—Sí, Su Señoría. —Me giré hacia Paredes—. Dijo que se escondió detrás de un exhibidor. ¿Cuál exhibidor?
—El de las papas, junto a los refrescos.
—¿Así que estaba escondido, temiendo por su vida?
—Sí. Aterrorizado.
—Pero pudo ver la cara del asaltante lo suficientemente claro para identificarlo meses después.
—Estaba a solo unos metros.
Saqué un diagrama gigante impreso en cartón.
—Su Señoría, ¿puedo acercarme?
Benítez hizo un gesto de desdén con la mano.
—Proceda.
Le mostré el diagrama a Paredes. Los jueces del tribunal se inclinaron para ver.
—¿Es este un plano preciso de la tienda Don Felipe?
Paredes lo estudió, menos confiado ahora.
—Parece que sí.
—Aquí está el exhibidor de papas. Y aquí está la caja registradora. Hay siete metros de distancia y tres pasillos de anaqueles entre ellos.
Paredes dudó.
—Supongo.
—¿Estaba escondido, agachado, aterrorizado, con tres pasillos de mercancía bloqueando su vista, pero vio su cara “claramente”?
Paredes se removió en la silla.
—Tengo muy buena vista.
Un miembro del tribunal tomó notas.
—Señor Paredes, ¿cuándo dio su declaración a la policía?
—Al día siguiente.
—¿Regresó a la tienda esa noche después del robo?
—No. Me fui directo a mi casa. Estaba en shock.
—¿Cómo llegó a la estación de policía al día siguiente?
Paredes parecía confundido por el cambio de tema.
—Manejé.
—¿En su propio auto?
—Sí.
—¿No en un auto rentado?
Paredes se congeló. Sus ojos, antes tranquilos, parpadearon rápido.
—¿Qué?
—Pregunta simple. ¿Manejó un auto rentado a la estación de policía?
—Yo… no, mi propio auto.
—¿Y la noche del robo? ¿Qué auto manejaba?
Villalobos se levantó.
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