Todos en el tribunal se rieron cuando grité “¡Yo lo defiendo!”, hasta que les enseñé la prueba que nadie quiso ver.

Dárselo a Sara y arriesgar que lo rechacen y nos quedemos sin nada.
Ir a la prensa y arriesgar que declaren juicio nulo (y mi papá siga preso).
Usar la información para destruir a Paredes en el estrado sin mostrar el video.
Saqué la USB y la guardé en la bolsa interna de mi saco.
No iba a mostrar el video. Todavía no.
Iba a usar lo que sabía para hacer que Paredes mintiera bajo juramento sobre detalles que solo alguien que vio el video completo sabría. Lo iba a orillar al precipicio y dejar que él solito saltara.

Copié el archivo a mi nube personal y borré el historial de la computadora de la biblioteca.
Mañana, Tomás Paredes se iba a sentar en esa silla de testigos sintiéndose intocable.
No tenía idea de que yo lo estaba esperando.

El día del juicio, la explanada de los juzgados orales estaba llena.
Había camionetas de noticias —algo raro para un robo simple, pero el morbo de la “niña abogada” había atraído a los buitres. Había gente con carteles: “Justicia para Ramón” de un lado, y “Mano dura contra el crimen” del otro.
Caminé entre la gente con la cabeza baja, apretando mis carpetas contra el pecho. Sara iba a mi lado, abriéndome paso.
—No contestes nada, Valeria. Vista al frente.

Adentro, la sala de audiencias estaba llena.
Del lado izquierdo, mis vecinos, la gente del mercado, los del centro comunitario. Del lado derecho, gente trajeada, pasantes de derecho y amigos del Fiscal Villalobos, todos con esa expresión de superioridad que ya conocía bien.
Trajeron a papá. Cuando me vio sentada en la mesa de defensa, sus ojos se llenaron de lágrimas. Le hice un pequeño gesto con la cabeza. Aguanta, pa.

El Fiscal Villalobos estaba en la mesa contraria, revisando su celular, relajado. Traía un traje que costaba más de lo que mi papá ganaba en un año.
—¡Todos de pie!
El Juez Hernán Benítez entró. Su toga negra ondeaba como las alas de un cuervo. Se sentó, miró a la multitud con fastidio y luego sus ojos cayeron sobre mí.
—Licenciada Sara —dijo, ignorándome directamente—. ¿Esta es la… asistente de la que hablamos?
—Sí, Su Señoría. Valeria Pérez, hija del acusado.

Benítez hizo una mueca.
—Dejemos algo claro. Esta es mi sala. Cualquier interrupción, cualquier drama de telenovela de esta niña, y la saco con la fuerza pública. ¿Entendido?
—Entendido, Su Señoría.
—Bien. Comencemos con los alegatos de apertura.

El Fiscal Villalobos se levantó. Se abotonó el saco y caminó hacia el centro de la sala, dirigiéndose al Tribunal con la confianza de quien ya ganó.
—Su Señoría, este caso es simple. La noche del 15 de octubre, Ramón Pérez entró a la tienda Don Felipe, armado y peligroso. Aterrorizó a un anciano honesto. Robó el fruto de su trabajo.
Señaló a mi papá.
—Ese hombre que ven ahí es el rostro de la inseguridad que nos asfixia. Tenemos testigos. Tenemos identificación positiva. La justicia debe ser implacable.

Se sentó, satisfecho.
Sara se levantó. Sus manos temblaban un poco, pero su voz no.
—Su Señoría, la Fiscalía quiere que crean que esto es simple. Pero nada aquí lo es. Ramón Pérez es un padre, un trabajador y un voluntario sin antecedentes. Esa noche estaba arbitrando un partido de básquet. Vamos a demostrar que la línea de tiempo de la Fiscalía es imposible. Que sus testigos se contradicen. Y que a veces, la prisa por encontrar un culpable destruye la verdad.

Villalobos soltó una risita burlona, lo suficientemente alta para que se oyera.
El Juez Benítez miró a Sara con impaciencia.
—Al grano, licenciada.
Llamaron al primer testigo. Don Felipe, el dueño de la tienda.
Un señor mayor, nervioso pero simpático. Villalobos lo llevó de la mano con preguntas suaves. Don Felipe narró el robo, lloró un poco.
—Nunca olvidaré esa cara —dijo, señalando a mi papá—. Me dijo que me mataría.

Era devastador. La sala estaba conmovida.
Sara se levantó para el contrainterrogatorio. Fue respetuosa.
—Don Felipe, ¿cuánto duró el robo?
—Unos dos, tres minutos.
—¿Y la iluminación?
—Buena.
Sara no podía atacar a la víctima sin vernos mal. Pero yo le pasé una nota discretamente. Sara la leyó, dudó un segundo, y preguntó:
—Don Felipe, ¿cuándo llamó al 911?
—En cuanto se fue.
—¿Y cuánto tardó la patrulla?
—Como 20 minutos.
—En esos 20 minutos… ¿entró alguien más a la tienda?
Don Felipe parpadeó, confundido.
—No… no creo. Estaba muy asustado.
—¿No cree o está seguro?
—¡Objeción! —gritó Villalobos—. ¡Ya contestó!
—Sustentada —ladró Benítez.

Sara se sentó. Habíamos sembrado una duda chiquita, pero ahí estaba.
El juez decretó un receso para la comida.
Mientras la sala se vaciaba, el Fiscal Villalobos pasó junto a nuestra mesa. Traía un café en la mano.
“Accidentalmente” tropezó y derramó un poco de líquido sobre mis carpetas perfectamente ordenadas.

—Uy, perdón, niña —dijo, con una sonrisa cruel—. No te vi. Estás muy chiquita.
La gente alrededor se quedó callada. Algunos sacaron el celular.
Yo no grité. No lloré.
Saqué unos pañuelos desechables y empecé a secar mis hojas con calma. Levanté la vista y miré a Villalobos directo a los ojos.
—No se preocupe, Fiscal —le dije, con una voz que heló a Sara—. Entiendo que cuando uno está tan ocupado fabricando culpables, se vuelve torpe con las cosas reales.

La sonrisa de Villalobos se borró.
—Ten cuidado, mocosa.
—Téngalo usted —le contesté—. Porque mañana le toca a Tomás Paredes. Y usted no tiene idea de lo que viene.

Villalobos se fue, pero ya no caminaba tan confiado.
Mañana sería el día. Mañana, Tomás Paredes se sentaría en esa silla y yo le iba a quitar la máscara frente a todo el mundo.

Parte 3

Capítulo 5: El Miedo tiene Olor a Jabón Rosa

Durante el receso del almuerzo, me encerré en el baño de mujeres del tribunal.
Por fin sola, dejé que el peso del mundo me cayera encima. Mis manos temblaban tanto que tuve que agarrarme del lavabo para no caerme. El espejo me devolvía la imagen de una niña disfrazada de adulto: el saco grande, las ojeras marcadas, el miedo en los ojos.

Las palabras del Juez Benítez retumbaban en mi cabeza: “Cualquier drama y la saco”. ¿Y si tenían razón? ¿Y si solo era una escuincla de 15 años jugando a ser abogada, apostando la vida de su papá en una corazonada? ¿Qué pasaba si mi inteligencia no era suficiente?

La puerta del baño se abrió. Entraron dos señoras platicando, secretarias de algún juzgado. Me metí rápido a un cubículo.
—Pobrecita niña —dijo una—. El Juez Benítez no debería hablarle así.
—No debería ni estar ahí —contestó la otra—. Es vergonzoso.
—¿Vergonzoso para quién? —replicó la primera—. Esa niña está peleando por su papá. Eso requiere más ovarios que los que tiene cualquier juez de este edificio.

Se fueron.

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