Todos en el tribunal se rieron cuando grité “¡Yo lo defiendo!”, hasta que les enseñé la prueba que nadie quiso ver.

—¡Objeción! —gritaba la maestra Rodríguez golpeando su escritorio—. Estás divagando, Valeria. Ve al punto.
—No estoy divagando. Estoy estableciendo el contexto —respondía yo, frustrada.
—En un juicio oral no tienes tiempo para contextos aburridos. El Juez Benítez te va a comer viva si no controlas el ritmo. Nunca hagas una pregunta de la que no sepas ya la respuesta. En el contrainterrogatorio no buscas información, Valeria; estás contando tu historia a través de la boca de ellos.

Escribí y reescribí mis esquemas de interrogatorio. Practiqué frente al espejo del baño hasta que mi voz dejó de sonar como la de una niña asustada y empezó a sonar como la de alguien que exige respuestas. Me grabé con el celular para detectar mis tics nerviosos: me tocaba el pelo cuando dudaba, subía el tono al final de las frases como si pidiera permiso.
Eliminé cada uno de ellos. Me obligué a ser de piedra.

Los fines de semana, me iba a la tienda “Abarrotes Don Felipe”. Cronometré la caminata desde el centro comunitario: 12 minutos a paso normal, 9 minutos corriendo. Tomé fotos de los ángulos de las cámaras de seguridad que la policía no incluyó. Hablé con los vecinos, las doñitas que vendían elotes y los chavos que lavaban coches.
Tres personas me dijeron que vieron a dos hombres irse juntos después del robo, caminando tranquilos.
El reporte policial solo mencionaba a un asaltante huyendo solo.

En mi casa, armé un tablero en la pared con hilo rojo conectando las fotos, los mapas y las declaraciones, como en las series de detectives, pero con recortes pegados con diurex. Estaba construyendo una narrativa alternativa, la verdad que la Fiscalía había decidido borrar.

Pero las contradicciones no eran suficientes. Necesitaba autoridad.
Pasé horas en la biblioteca pública leyendo jurisprudencia. Leí la sentencia de Estado contra Morales hasta que me la aprendí de memoria.
“El órgano jurisdiccional podrá permitir la intervención de familiares en la defensa técnica cuando se acredite una indefensión material y se cumplan los requisitos de idoneidad…”
Había pasado antes. La ley estaba de mi lado. Solo necesitaba un juez que no fuera un tirano. Y eso era lo único que no tenía.

Una semana antes del juicio, llegué al despacho de la Licenciada Sara —que en realidad era un cubículo compartido en la Defensoría de Oficio— con tres cajas de archivo muerto llenas de mi investigación.
Sara levantó la vista, con el café congelado a medio camino de su boca.
—¿Qué es todo esto, Valeria?
—Todo lo que se les pasó —dije, soltando las cajas sobre su escritorio—. Contradicciones de tiempo, inconsistencias de los testigos, la coartada digital y el precedente legal para que me deje participar.

Sara abrió la primera caja. Vio las carpetas de colores, cada una etiquetada con términos jurídicos precisos: Cadena de Custodia, Vicios en la Identificación, Geolocalización.
Sacó una carpeta: Rueda de Reconocimiento.
—Mire la foto, licenciada —le dije—. Mírela de verdad.
Eran seis hombres frente a la pared de medición. Cinco eran de tez clara, con ropa de calle normal. Mi papá era el único moreno, el único con ropa de trabajo, el único que parecía, según los prejuicios de la gente, un “delincuente”.
—Contaminación de libro de texto —susurró Sara—. Inducción al testigo. Y nadie objetó.

Saqué otra carpeta.
—Los datos del GPS ponen a mi papá en el centro comunitario. La línea de tiempo del Fiscal Villalobos ignora esto por completo. Todo su caso se basa en testigos que no se ponen de acuerdo ni en la hora, ni en el arma, ni en la lana.
Sara hojeaba los documentos, y su expresión cambiaba. Ya no era lástima lo que sentía por mí; era enojo. Enojo consigo misma por no haber visto esto. Enojo contra un sistema que hacía que “no verlo” fuera lo normal cuando tienes 60 casos encima.

—¿Cómo encontraste todo esto?
—Tuve tiempo, miedo y nada que perder.
Sara se echó hacia atrás en su silla.
—Tenemos que presentar esto bien. Un error, y Benítez excluye todo por “impertinente”.
—Entonces no cometamos errores.
—Esto no es un concurso de la escuela, Valeria. Benítez va a buscar cualquier excusa para sacarte.
—Lo sé. —Saqué mi última carpeta—. Por eso necesito interrogar a Tomás Paredes yo misma.

—¡Absolutamente no! —Sara casi gritó—. Benítez nunca…
—Lo hará si usted se lo plantea bien. Apele a su ego. Dígale que es una petición desesperada de la familia. Él va a querer verme fracasar. Va a querer darme una lección pública para que nadie más se atreva a cuestionar su tribunal.
Sara se me quedó viendo. Estaba procesando la estrategia.
—Quieres que te subestime.
—Ya lo hace. Todos lo hacen. Esa es mi única ventaja.
—Si esto sale mal, tu papá se va 20 años al Reclusorio Norte.
—¿Y qué pasa si no hacemos nada? —Mi voz se endureció—. 20 años de todos modos, o 8 que no se merece. Al menos así, caemos tirando golpes.

Sara cerró la carpeta. Recordó por qué se había hecho defensora pública antes de que la burocracia le aplastara el alma.
—Está bien. Pero lo hacemos bien. Yo meto la moción mañana. Te voy a preparar para cada objeción posible.
Hizo una pausa y me miró seria.
—Benítez va a intentar destruirte emocionalmente ahí dentro.
—Lo sé —respondí, sintiendo el peso de la decisión—. Con eso cuento.

La moción se presentó a la mañana siguiente: “Solicitud de coadyuvancia técnica de familiar en defensa penal”.
El chisme corrió por los pasillos de los juzgados como pólvora. Los abogados se reían en la máquina de café. “El caso Pérez se está volviendo un circo”, decían. El Fiscal Villalobos lo llamó “un truco publicitario patético”.

Benítez citó a Sara en su despacho esa misma tarde. Yo esperé afuera, sentada en una banca de madera dura, escuchando los gritos a través de la puerta.
—¡¿Perdió la razón, licenciada?! —bramaba Benítez—. ¡Esto es un tribunal de justicia, no una guardería!
—El precedente es claro, Su Señoría. Artículo 121.
—¡La niña no es abogada!
—Pero conoce los hechos mejor que nadie. Y ha encontrado discrepancias que la defensa técnica requiere exponer.

Hubo un silencio tenso. Luego, la voz de Benítez bajó a un tono peligroso, casi sibilante.
—Muy bien. Voy a permitir que se siente en la mesa de la defensa. Pero escúcheme bien: al momento en que esa mocosa abra la boca fuera de turno, la arresto a ella y a usted la sanciono por desacato. ¿Entendido?
—Cristalino, Su Señoría.

Cuando Sara salió, estaba pálida pero sonreía.
—Estás dentro —me dijo—. Pero va a intentar hacerte pedazos.
Me levanté y me alisé el saco viejo.
—Que lo intente.
Sara me estudió un segundo.
—¿De verdad estás lista?
Pensé en la cara golpeada de mi papá a través del vidrio. En la respiración silbante de Mateo. En el título de mi mamá llenándose de polvo. En cada persona que me había mirado y solo había visto a una “pobre niña prieta” de la Doctores.
—Llevo toda mi vida lista —dije—. Solo que no lo sabía.

Capítulo 4: El Video que Nadie Debía Ver

Faltaban 48 horas para el juicio.
Estaba en la biblioteca “Vasconcelos”, escondida en uno de los cubículos del fondo, repasando mis notas de contrainterrogatorio. El edificio, con sus estanterías colgantes y su estructura de metal, parecía una jaula gigante. Ya era tarde, casi el cierre.

Fui al baño a lavarme la cara para espantar el sueño. Cuando regresé a mi lugar, había un sobre manila sobre mis libros.
Sin nombre. Sin remitente. Sin sellos.
Miré a mi alrededor. Los pasillos estaban desiertos. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.
Mi instinto de barrio se activó: No lo toques. Es una trampa. Podía ser evidencia plantada, algo para acusarme de manipulación. Debería dárselo a Sara.
Pero la curiosidad me ganó.

Abrí el sobre con cuidado. Adentro solo había una memoria USB negra, genérica.
Me fui a una de las computadoras públicas, no usé mi laptop por si tenía virus. La conecté.
Un solo archivo de video: TIENDA_CAM_02_FULL.mp4.
Mis manos temblaban cuando le di doble clic.

Era el video de seguridad en blanco y negro de la tienda, con la fecha del robo.
Pero no era el clip de 30 segundos que la Fiscalía nos había entregado. Eran 15 minutos continuos.
9:35 PM. Un hombre entra a la tienda. Complexión media, gorra de béisbol, revisando los pasillos como cualquier cliente.
Se me heló la sangre. Reconocí la postura. Era Tomás Paredes, el testigo estrella.

9:45 PM. Paredes sigue ahí. Mira revistas cerca de la entrada. Mira su reloj. Espera. No parece asustado, parece impaciente.
9:52 PM. Entra el segundo hombre. El asaltante. Va directo a la caja, agresivo.
9:54 PM. El asalto. El segundo hombre saca el arma.
Y aquí venía lo que la policía había cortado: Mientras el asaltante gritaba, Tomás Paredes, el “testigo aterrorizado”, se quedó parado mirando, tranquilo. No se escondió detrás del exhibidor de papas como dijo en su declaración. Se quedó vigilando la puerta.
9:56 PM. Ambos hombres salen juntos. Caminan hombro con hombro hacia el estacionamiento. Se suben al mismo coche, un sedán gris, y se van.

Reproduje el video tres veces. Sentí náuseas.
La policía había entregado solo el fragmento de 9:52 a 9:53. Habían cortado la entrada de Paredes. Habían cortado la salida conjunta.
Esto no era “evidencia incompleta”. Era evidencia manipulada.
Tomás Paredes no era un testigo. Era el cómplice.
Y luego, tuvo el descaro de regresar al día siguiente, hacerse la víctima e identificar a mi papá en una rueda de reconocimiento arreglada para culpar al primer inocente que encajara en el perfil.

Hice zoom en los últimos cuadros del video. El coche. Se alcanzaba a ver parte de la placa: JKT-3.
Busqué en mis notas. Ese prefijo… correspondía a flotillas de renta.
Crucé los datos en la computadora. No era un error de identidad. Era un montaje. Paredes y el asaltante real cometieron el robo, y usaron a mi papá de chivo expiatorio para cerrar el caso rápido.

Me recargué en la silla, con el corazón latiéndome en la garganta.
Tenía la prueba absoluta. La “bala de plata”.
Pero tenía un problema enorme: Fuente anónima. Sin cadena de custodia. No podía probar quién me dio esto ni que no estaba alterado.
Si se lo daba a Sara ahora, el Juez Benítez lo excluiría por procedencia ilícita. “Fruto del árbol envenenado”, le dicen. Podrían acusarnos de fabricar pruebas.

Tenía tres opciones:

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