Mateo se trepó a mis piernas.
—Tenía razón, ¿verdad?
Miré a mi hermanito, luego a la foto de mi mamá en la pared. Esa mujer que murió peleando contra un seguro social que no le daba las medicinas a tiempo.
—Sí —susurré, cerrando la solicitud del internado—. Tenía razón.
Abrí una nueva pestaña en el navegador y escribí:
“Código Nacional de Procedimientos Penales: ¿Puede un menor asistir en la defensa técnica?”
Y ahí, entre leyes y artículos aburridos, encontré una grieta en el muro. Una posibilidad minúscula, casi imposible, pero existente.
A la mañana siguiente, cité a la Licenciada Sara en un puesto de tacos cerca de los juzgados. Se veía fatal: ojeras profundas, blusa manchada de café, la mirada de alguien que ha perdido demasiadas veces.
—Tengo que ser honesta contigo, Valeria —me dijo sin rodeos—. El fiscal me ofreció un trato abreviado. 8 años en lugar de los 20 que piden. Si se declara culpable hoy.
—¡Mi papá es inocente!
—El dueño de la tienda lo identificó en la fila. Tres testigos lo ubican ahí. El jurado… bueno, aquí no hay jurado como en las películas, pero el Juez Benítez es durísimo. Y Villalobos es un perro de presa.
Sara finalmente me miró a los ojos.
—Llevo 12 años en esto. He aprendido a reconocer qué batallas puedo ganar. Y la de tu papá no es una de ellas.
Su silencio fue una losa.
—¿Y si le digo que encontré inconsistencias en la línea de tiempo? —solté—. ¿Qué tal si la rueda de reconocimiento estaba contaminada? Mi papá era el único moreno que coincidía con la edad. ¿Qué tal si Villalobos tiene un patrón de atacar acusados de mi colonia con pruebas basura?
Sara se inclinó hacia adelante, frunciendo el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Saqué mis carpetas. Organizadas por colores, meticulosamente investigadas. Reportes policiales con contradicciones subrayadas en neón. Declaraciones de testigos que no cuadraban. Datos del GPS del camión de basura de papá (que usaba a veces para ir al centro). La hoja de asistencia del centro comunitario con su firma a las 9:18 PM, cuando el robo fue a las 9:52 PM.
Sara hojeó las páginas. Su expresión pasó del escepticismo a la sorpresa, y luego a algo parecido a la esperanza.
—¿Cómo conseguiste todo esto?
—Leí todo. Cada papel que me dio, cada registro público, cada caso que Villalobos ha llevado en cinco años.
La miré fijamente.
—Sé que está saturada, licenciada. Pero yo tengo cada minuto que estoy despierta hasta el juicio.
Sara se recargó en la silla de plástico, estudiando a esta niña de 15 años que acababa de hacerle la chamba de un mes en tres noches.
—Valeria, aunque esto sea válido, tú no puedes presentarlo. No eres abogada.
—Artículo 121 del Código Nacional de Procedimientos Penales —recité de memoria—. Sobre la libertad probatoria y la coadyuvancia. Y hay un precedente: Estado contra Morales, 2019. Un familiar pudo asistir en la defensa técnica bajo circunstancias extraordinarias cuando se demostró indefensión.
Sara parpadeó.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque es la única forma de salvar a mi papá.
—Es una tecnicidad que casi nunca otorgan. Y aunque yo meta la moción, el Juez Benítez te va a humillar. Te va a usar de ejemplo.
—Que lo intente.
Sara vio en mí el fuego que ella había perdido hacía años. Esa convicción peligrosa de que la justicia no es un mito.
—Si hago esto, Benítez te va a destrozar al primer error. Te va a callar, probablemente te multe o te arreste por desacato si abres la boca de más.
—Sé que mi papá puede pasar 20 años encerrado si perdemos. ¿Qué pasa si no hacemos nada?
—8 años en una celda por algo que no hizo.
Mi voz no tembló.
—Al menos así caemos peleando.
Sara recogió las carpetas y me miró con algo cercano a la admiración.
—O eres muy valiente o estás muy loca.
—Tal vez las dos —dije—. Pero soy todo lo que mi papá tiene.
Sara sacó su laptop.
—Entonces vamos a darles una pelea que no se les olvide nunca.
Parte 2
Capítulo 3: La Sala de Guerra en la Doctores
Esa misma noche, mi recámara dejó de ser el cuarto de una adolescente para convertirse en el cuartel general de una guerra imposible.
Eran las dos de la mañana. Mis ojos ardían como si tuviera arena en los párpados por las horas de lectura, pero no podía parar. Esparcí los archivos del caso sobre el piso de linóleo desgastado. Cada página que leía revelaba otra grieta en la historia de la Fiscalía, otra mentira mal contada que, por pura flojera o malicia, nadie se había molestado en revisar.
El reporte policial oficial decía que el robo ocurrió a las 9:47 PM.
Pero el testigo número uno, un tal Tomás Paredes, declaró que vio todo suceder “alrededor de las 9:30”.
El testigo número dos dijo que fue “cerca de las 10:00”.
Y la marca de tiempo de la cámara de seguridad de la tienda —la única prueba “dura”— marcaba las 9:52 PM.
Diecisiete minutos de diferencia entre las versiones. En un juicio real, eso es una eternidad. Pero nadie parecía notarlo, o peor, a nadie le importaba.
Saqué mis plumones de la escuela y empecé a marcar.
Rojo para las contradicciones de tiempo.
Amarillo para las descripciones físicas que no cuadraban.
Azul para la evidencia que gritaba la inocencia de mi papá.
El dueño de la tienda describió al asaltante como un hombre de 1.85 metros. Mi papá medía 1.70 rascándole.
Un testigo dijo que el arma era una escuadra negra. Otro dijo que era un revólver plateado. El tercero dijo que era “una pistola oscura”.
La cantidad robada cambiaba en cada declaración: $2,000 pesos, $3,500, $1,800.
Y ahí, enterrado entre cientos de hojas burocráticas, ignorado por todos, estaba el reporte del GPS del camión de la basura. Mi papá a veces usaba la camioneta de la cuadrilla para moverse al centro comunitario con permiso de su jefe.
El GPS lo ubicaba estacionado afuera del Centro Comunitario “Esperanza” desde las 9:15 hasta las 10:30 PM.
La lista de asistencia, firmada con su letra inconfundible, lo confirmaba: Ramón Pérez, entrada 9:18 PM.
Me recargué contra la base de mi cama, sintiendo el frío del suelo en la espalda.
Una contradicción puede ser un error humano. Dos, un descuido. Pero cinco… cinco contradicciones y una coartada ignorada no eran casualidad.
Esto no era evidencia. Esto era un cuento que alguien necesitaba que fuera verdad para cerrar un expediente y salir temprano el viernes.
Durante las siguientes tres semanas, mi vida se redujo a esas cuatro paredes.
Mi entrenamiento de debate escolar se convirtió en práctica de interrogatorio penal. Mi maestra de Civismo, la profesora Rodríguez, aceptó ayudarme después de clases. Ella jugaba a ser el “testigo hostil” mientras yo afilaba mis preguntas.
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