Todos en el tribunal se rieron cuando grité “¡Yo lo defiendo!”, hasta que les enseñé la prueba que nadie quiso ver.

—Alguien corrió el chisme… dijeron que le hice cosas a unos niños. Ya sabes cómo es aquí adentro. A los que tocan niños no les va bien.

Se me nubló la vista de pura rabia. Sentí un calor subirme por el cuello.
—¡Pero tú no eres eso! ¡Es mentira!
—Aquí no importa la verdad, Valeria. Importa lo que creen. —Su ojo bueno me miró con una tristeza infinita—. La “protección” que dicen que me dan no sirve de nada. No aguanto seis semanas aquí, mija. Simplemente no aguanto.

Vi a mi padre, mi héroe, el hombre más fuerte que conocía, romperse en pedazos frente a mí. Lloraba en silencio, lágrimas gordas cayendo sobre ese uniforme sucio.
—Te voy a sacar —susurré—. Te lo prometo.
—¿Cómo? Tienes quince años, Valeria.
—La abogada de oficio…
—La Licenciada Sara —me interrumpió con amargura—. Es buena gente, pero tiene cinco minutos para mi caso. El sistema no quiere la verdad, quiere culpables para llenar sus cuotas.

—Entonces haré que les importe.
Ramón me miró y vio algo en mis ojos que lo asustó y lo maravilló al mismo tiempo.
—Mija, no puedes pelear contra esto. Son demasiado grandes.
—Mírame.
El teléfono hizo clic. Se acabó el tiempo. Un custodio jaló a papá del brazo.
Lo vi alejarse arrastrando los pies, un hombre que ya había aceptado su muerte.
Pero yo no. Yo me rehusaba a aceptarlo.

Esa noche me fui a un café internet porque nos habían cortado el Wi-Fi en la casa. Me puse a investigar al Fiscal Carlos Villalobos.
Lo que encontré me revolvió el estómago más que el olor del reclusorio.
Villalobos había llevado 47 casos similares en tres años. 43 condenas. Todos, sin excepción, eran acusados de colonias populares: Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Neza. Todos acusados de delitos en zonas de clase media alta. Y lo peor: todos los casos se basaban casi exclusivamente en “testigos oculares”. Cero pruebas de ADN, cero huellas dactilares, solo la palabra de alguien señalando a un “moreno sospechoso”.

Seguí buscando. Encontré una entrevista que dio Villalobos en un club rotario hace dos años.
Leí la frase tres veces: “Hay comunidades que respiran crimen. Hay individuos que lo traen en la sangre. Mi trabajo es limpiar la ciudad de esos elementos que se niegan a ser civilizados”.
No era un silbato para perros; era una sirena antiaérea. Estaba diciendo que ser pobre y moreno era ser criminal.

Luego busqué al Juez Hernán Benítez.
Resultó que Benítez había sido profesor de Villalobos en la universidad. Encontré fotos de ellos en comidas, abrazados, brindando con copas de vino. “Equipo Mano Dura”, decía el pie de foto en una revista de sociales.
No se escondían. Era una maquinaria aceitada.
Crucé los datos: Benítez había presidido 32 de los casos de Villalobos. 31 condenas.
El sistema no estaba roto, como decía la gente. Estaba funcionando perfectamente para lo que fue diseñado: para aplastarnos.

Imprimí todo. Me gasté los últimos cincuenta pesos que tenía en copias. Caminé a casa sintiendo que las calles eran diferentes. Cada patrulla que pasaba me hacía tensar los músculos. El mundo ya no era mi barrio; era un campo de batalla.

Al llegar a casa, la carta de desalojo estaba sobre la mesa. 15 días. Nos quedaban 15 días antes de que nos echaran a la calle. Los cheques de papá se habían detenido. La luz tenía aviso de corte. El inhalador de Mateo estaba casi vacío y costaba setecientos pesos que no teníamos.
Abrí el refri: tres huevos, medio paquete de tortillas duras y un frasco de mayonesa casi vacío.

Mi celular sonó. Era mi tía Paty.
—Mija, ya supe lo de tu papá. Esto es mucho para ti.
—Lo tengo controlado, tía.
—Eres una niña, Valeria. Déjame llevarme a Mateo un tiempo. Tú concéntrate en la prepa. Deja que la abogada haga su trabajo.
—Su trabajo son cinco minutos para sesenta casos, tía.
—Pues deja que haga esos cinco minutos. ¿Qué vas a hacer tú que una abogada titulada no pueda?

La pregunta quedó flotando en el aire viciado del departamento. Miré mis solicitudes para la UNAM y el Poli, todas a medio llenar.
—Me puede importar más —dije bajito—. Me puede importar más que a nadie en ese maldito tribunal.
—El “importar” no gana juicios, mija. Las pruebas sí.
—Entonces voy a encontrar las pruebas. Voy a convertirme en la abogada.
—Estás tirando tu futuro a la basura, Valeria.

Colgué. Me senté a oscuras, escuchando el silbido del pecho de Mateo al respirar en el otro cuarto. Sentí el peso del mundo en mis hombros huesudos.
Podía mandar a Mateo con mi tía, rendirme, dejar que la Licenciada Sara hiciera lo mínimo, ver cómo condenaban a mi papá y cómo mi familia se deshacía en el aire.
O podía pelear.

Abrí la compu de nuevo. Busqué un internado para Mateo, uno de esos del gobierno con beca completa y servicio médico. Mis dedos temblaron sobre el teclado.
—¿Te vas a rendir con papá?
Me di la vuelta de golpe. Mateo estaba en la puerta, chiquito y frágil en su pijama de superhéroes.
—No, chaparro, nunca.
—Mi mamá decía que tú podías hacer todo.

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