Todos en el tribunal se rieron cuando grité “¡Yo lo defiendo!”, hasta que les enseñé la prueba que nadie quiso ver.

—¿Vas al centro comunitario hoy en la noche? —le pregunté mientras él agarraba su gorra.
—Sí, toca el torneo de básquet para los chavos. Alguien tiene que enseñarles que hay otra vida aparte de andar de malandros en la esquina, ¿no?

Yo sabía que sí. Mi papá llevaba diez años tratando de demostrar que en nuestro barrio no todos éramos lo que salía en las noticias rojas. Que un hombre moreno, de barrio, podía ser padre, voluntario y decente. Nos dio un beso en la frente a los dos y salió por la puerta, con sus botas de trabajo resonando en las escaleras del edificio.

No tenía idea de que esa sería la última mañana normal de nuestras vidas.

Esa noche, estaba ayudando a Mateo con las fracciones cuando la puerta de nuestro departamento explotó hacia adentro.
No hubo un “toc, toc”. No hubo un “¿Quién es?”. Solo la madera astillándose, el crujido de las bisagras cediendo y, de repente, nuestra sala estaba llena de policías con armas largas y linternas que nos cegaban.

—¡RAMÓN PÉREZ AL SUELO, AHORA!

Mi papá estaba sentado en el sillón viejo, todavía con la playera del centro comunitario puesta y un balón de básquet bajo el brazo. Lo soltó de inmediato y levantó las manos. Fue un reflejo. En mi barrio aprendes desde chiquito que, si la policía grita, tú te congelas si quieres seguir respirando.

—¡Hay un error! —dijo papá. Su voz estaba firme, pero vi el terror en sus ojos cuando miró a Mateo—. No he hecho na…
—¡Cállese el hocico!

El comandante, un tipo alto de apellido Linares, avanzó y jaló los brazos de mi papá hacia atrás con una violencia innecesaria. Las esposas hicieron ese sonido metálico, clic-clic-clic, que se te queda grabado en el cerebro. Sentí que el piso se me abría.

—Ramón Pérez, queda detenido por el robo a mano armada de la tienda “Abarrotes Don Felipe” y asalto con arma mortal.
—¿Qué? —Salté del a silla y me puse entre los uniformados y mi papá. El miedo me golpeaba el pecho como un tambor, pero la rabia era más fuerte—. ¡Eso es imposible! ¡Papá, diles que tú no fuiste!

Los ojos de Ramón se clavaron en los míos, desesperados, suplicantes.
—Valeria, te lo juro por Diosito santo, yo no fui.
—Sí, sí, todos dicen lo mismo, pinche rata —dijo Linares, empujándolo hacia la puerta—. Tenemos tres testigos que te vieron. La fusca coincide. Ya valiste madre.

—¡Yo estaba en el centro comunitario! —la voz de papá se quebró—. ¡Hay gente que me vio! ¡Firmé la hoja de asistencia! ¡Estaba arbitrando el partido!
—Cuéntaselo al juez, Pérez.

Mateo empezó a llorar a gritos, agarrándose de mi pantalón. Los policías empezaron a revolver todo. Tiraron los cajones de mi ropa interior al suelo, voltearon el colchón de Mateo, trataron nuestro pequeño santuario como si fuera un nido de delincuentes.

Vi a mi papá, el hombre que nunca se había robado ni un chicle, que saludaba a todos los vecinos, que nos había sacado adelante solo, siendo arrastrado fuera de su propia casa como un criminal peligroso. Los vecinos ya estaban asomados, con los celulares grabando. Mañana seríamos la comidilla del barrio. “Otro naco que agarran en la movida”, pensarían. “Otra familia rota”.

En el marco de la puerta destrozada, papá giró la cabeza. Las cadenas sonaron.
—¡Valeria, escúchame! ¡Yo no fui! ¿Me oyes? ¡Yo no fui!
—¡Lo sé, pa! —Grité. No lloré. No podía llorar. Mateo me necesitaba entera—. ¡Lo voy a arreglar! ¡Te lo prometo!

La puerta de la patrulla se cerró de golpe. Las luces rojas y azules bañaron la sala desordenada.
Me quedé parada en medio del desastre, viendo la taza de café de mi papá todavía en la mesa. Y en ese silencio, roto solo por los sollozos de mi hermano, tomé una decisión que cambiaría todo.
Caminé a mi cuarto, saqué mi laptop vieja del gobierno y empecé a investigar.
Porque si el sistema no iba a salvar a mi papá, yo tendría que aprender a hacerlo sola.

Capítulo 2: El Monstruo de Mil Cabezas

El área de visitas del Reclusorio Oriente olía a cloro barato y a sudor viejo. Era un olor que se te pegaba en la ropa y en el alma. Me senté en una silla de plástico pegada al piso, separada de mi papá por un vidrio grueso y rayado por miles de uñas desesperadas antes que las mías.

Cuando Ramón apareció del otro lado, sentí que me arrancaban el aire de los pulmones.
Llevaba el uniforme beige reglamentario, que le quedaba enorme porque había bajado de peso en solo dos semanas. Pero no fue la flacura lo que me hizo querer vomitar.
Fueron los golpes.
Tenía el ojo izquierdo cerrado, morado e hinchado como una ciruela. El labio partido con una costra oscura. Marcas violáceas le bajaban por el cuello.

—¡Papá! —Pegué la mano al vidrio—. ¿Qué te hicieron?
Ramón levantó el auricular con manos temblorosas. Sus uñas, siempre limpias, estaban negras.
—No es nada, mi hija.
—¡No me mientas!
Suspiró, y el sonido crujió en el auricular.

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