Todos en el tribunal se rieron cuando grité “¡Yo lo defiendo!”, hasta que les enseñé la prueba que nadie quiso ver.

Capítulo 1: Pan Quemado y Sirenas

Tres meses antes de que el Juez Benítez me escupiera su desprecio desde el estrado, mi vida olía a café de olla y a pan tostado un poco quemado.

Eran las seis de la mañana en nuestro departamento en la colonia Doctores. Las paredes, pintadas de un color crema que ya se veía gris por el humo de la ciudad, estaban tapizadas con mis reconocimientos de la escuela y, en el centro, como un altar, el título de enfermería de mi mamá. Estaba enmarcado en madera barata, el vidrio un poco opacado, pero mi papá lo limpiaba cada domingo como si fuera una reliquia santa.

Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, que cojeaba de una pata, con mis notas de debate esparcidas sobre el hule de flores. Mi papá, Ramón, servía café en dos tazas que no hacían juego; una era de promoción de una farmacia y la otra decía “El mejor papá del mundo”, un regalo que le di cuando tenía diez años y que él se negaba a tirar aunque ya tuviera el asa pegada con Kola Loka.

—¿Lista para las regionales, mija? —preguntó papá, deslizando un plato con bolillos tostados hacia mí. Tenía esas manos grandes y rasposas de tanto cargar bolsas de basura, pero siempre me servía el desayuno con una delicadeza que no le pegaba a su tamaño.

—Nací lista, pa —le contesté, soltando esa sonrisa que él decía que era igualita a la de mi mamá—. El profe dice que si gano este debate, nos vamos a las estatales en Monterrey.

Ramón se recargó en la barra, mirándome con esos ojos cansados que siempre cargaban una mezcla de orgullo y una preocupación eterna, como si esperara que el techo se nos cayera encima en cualquier momento. Trabajaba doble turno: en el camión de la basura por las mañanas y de voluntario en el centro comunitario de la colonia tres noches a la semana. Aun así, nunca se perdía un debate mío. Nunca faltaba a una junta de boletas. Nunca dejaba de estar.

—A tu jefa le hubiera encantado ver esto —dijo en voz baja, casi para él mismo—. Sacaste su cabeza, Valeria. Afilada como cuchillo de taquero para cortar las mentiras, y terca como una mula para no dejarte vencer.

Soltó una risa grave que retumbó en la cocina pequeña, haciéndome sentir calientita por dentro a pesar del frío que se colaba por la ventana mal sellada.

—La terquedad es lo que nos mantiene vivos, mi niña. No se te olvide.


En ese momento, Mateo, mi hermanito de ocho años, salió del cuarto arrastrando los pies y tallándose los ojos. Inmediatamente cambié el chip. Dejé de ser la estudiante estrella y me convertí en la mamá sustituta, el papel que me tocó heredar hace cuatro años cuando el cáncer se llevó a mi mamá.

Le serví su leche con Choco Milk, revisé que llevara la tarea de matemáticas en la mochila y me aseguré de que trajera su inhalador. Esa era nuestra rutina. Ese era nuestro “normal”. Un papá que se partía el lomo trabajando, una hija que criaba a su hermano mientras sacaba puro diez, y una familia que se mantenía unida con puro amor y frijoles, porque el dinero siempre faltaba.

Afuera se escuchó el rechinido de los frenos del camión de basura. La señal de papá.

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