Todas las enfermeras que habían atendido a un hombre en coma durante más de tres años comenzaron a quedarse embarazadas repentinamente, una tras otra. El médico supervisor estaba completamente desconcertado. Así que instaló una cámara oculta en la habitación del paciente para descubrir la verdad. Lo que vio esa noche lo hizo llamar a la policía presa del pánico.

Cuando Mercer vio el informe, su primer instinto fue negarlo. Analizó las muestras una y otra vez en dos laboratorios independientes. Los resultados no cambiaron. Michael Reeves, un hombre en estado vegetativo persistente, era el padre biológico de cinco hijos nonatos.

La noticia se dio a conocer en cuestión de días. Un empleado del hospital se la filtró a un periodista local, y pronto «El milagro en la habitación 312B» se viralizó: titulares en todas las principales cadenas. Algunos lo llamaron intervención divina. Otros denunciaron el escándalo, el consentimiento y la negligencia criminal.

Pero Mercer no creía en milagros. Creía en los datos.

Ordenó una investigación interna completa, rastreando cada medicamento, cada turno, cada persona que había entrado en esa habitación. Semanas de insomnio después, la verdad empezó a salir a la luz: no mística, sino inquietantemente humana.

Un exenfermero, Daniel Cross, quien había sido transferido a otro hospital un año antes, fue llevado a interrogatorio tras la aparición de discrepancias en sus registros de acceso. Sus huellas dactilares se encontraron en varios viales de material biológico preservado, incluyendo las de Michael.

Daniel había participado en un ensayo clínico que estudiaba la viabilidad de las células madre y la preservación de la fertilidad en pacientes con traumatismos. Había estado extrayendo y almacenando en secreto muestras reproductivas para lo que él afirmaba era "preservación científica". Pero cuando se recortó la financiación del proyecto, tomó cartas en el asunto y continuó con los experimentos de forma clandestina.

Las pruebas eran contundentes. Rastros de ADN, muestras médicas mal etiquetadas, registros de refrigeración falsificados... todo apuntaba a una conclusión horrorosa: Daniel había inseminado artificialmente a las enfermeras sin su conocimiento ni consentimiento, utilizando el material genético de Michael.

Al ser confrontado, Daniel se derrumbó durante el interrogatorio. "No quise que pasara esto", sollozó. "Quería demostrar de alguna manera que seguía vivo, que aún tenía una chispa dentro. Solo quería una señal".

El hospital se sumió en el caos. Las demandas se multiplicaron. Las víctimas recibieron indemnizaciones y Daniel fue acusado de múltiples cargos de agresión, mala praxis y violaciones bioéticas.

En cuanto a Michael Reeves, tras meses de nueva terapia neurológica, empezó a mostrar señales intermitentes de consciencia. Un ligero movimiento ocular. Un apretón de manos.

Las enfermeras que una vez lo cuidaron se negaron a regresar a esa habitación. El aire alrededor de su cama se sentía pesado con el peso de todo lo sucedido: dolor, violación y algo que jamás podría explicarse por completo.

El Dr. Mercer renunció silenciosamente un año después, incapaz de conciliar la línea entre ciencia y moralidad que se había cruzado justo bajo su supervisión.

Y la habitación 312B fue sellada permanentemente: un recordatorio silencioso de que en medicina, a veces los misterios más aterradores no nacen de milagros, sino de hombres.

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