Davi rebuscó en una bolsita desgastada y sacó un terrón de barro húmedo. Tenía las uñas negras, las palmas ásperas, pero sus ojos oscuros eran extrañamente claros y sinceros.
—Cierra los ojos —dijo suavemente.
Felipe obedeció de inmediato, sin miedo, como si ese extraño ya fuera un amigo.
Marcelo apretó la mandíbula mientras el niño alisaba el barro de los párpados de Felipe con movimientos lentos y cuidadosos, como si estuviera realizando un ritual sagrado.
"Puede que pique un poco. Es la medicina la que está haciendo efecto", explicó Davi.
—No pica —susurró Felipe sorprendido—. Es fresco... se siente bien.
A Marcelo casi se le doblaron las rodillas.
¿Cuánto hacía que Felipe no decía que algo le hacía sentir bien?
Davi prometió volver al día siguiente. Según su abuelo, el remedio debía aplicarse todos los días durante un mes.
Felipe prometió estar allí al mismo tiempo.
Cuando finalmente Marcelo se acercó, ya sabía la pregunta que vendría.
¿Vas a dejar que venga otra vez mañana?
Había miedo en la voz de su hijo: miedo de perder esa esperanza fresca y tierna.
Marcelo miró sus propias manos, manos que habían firmado contratos gigantescos, levantado rascacielos, recogido premios… y aún así no habían conseguido aliviar el dolor de su hijo.
—Lo dejaré —dijo finalmente, sorprendiéndose tanto a sí mismo como a Felipe.
Esa noche no pudo dormir.
Caminó de un lado a otro por su enorme casa en Alphaville, pasando junto a brillantes trofeos de “Emprendedor del año” que de repente parecían vacíos.
Sabía dar dinero. No sabía dar tiempo.
Sabía construir torres, pero no puentes para su hijo.
A las tres de la mañana sonó el teléfono. Renata, su esposa, sollozaba arriba.
“Felipe tiene fiebre.”
“SOLO QUERÍA VERLO SONREÍR”
Marcelo corrió a la habitación de Felipe. El niño temblaba y tenía la cara enrojecida.
—Es ese estúpido barro —espetó Renata, presionándole un paño frío en la frente.
Marcelo llamó al Dr. Henrique, su médico de confianza. El hombre llegó en plena noche, examinó a Felipe y dio un veredicto simple: una infección viral. Probablemente algo que contrajo en el parque. Nada que ver con el barro.
Marcelo todavía le contó todo: el pobre muchacho, la promesa, el tratamiento “mágico”.
El médico escuchó, con los labios apretados, y le recordó lo que ya sabían: la ceguera de Felipe era supuestamente irreversible. Nervio óptico subdesarrollado. Exámenes. Informes.
—El barro no cura eso, Marcelo. No hay remedio milagroso.
—Lo sé —dijo Marcelo, exhausto.
—Entonces ¿por qué lo permitiste?
Marcelo miró a Felipe, durmiendo plácidamente, una calma que no veía desde hacía años.
—Porque sonreía —respondió en voz baja—. Solo quería verlo sonreír.
Cuando el médico se fue, Renata se desplomó en la mesa de la cocina.
Ella confesó que estaba al borde del colapso:
no soportaba ni un milagro más, ni una mirada de lástima de un especialista, ni una pregunta inocente más de Felipe sobre por qué no podía correr como los demás niños o de qué color era el cielo.
Acusó a Marcelo de esconderse en su trabajo, dejándola sola con el dolor.
Y no podía negarlo. Ella tenía razón. Había estado huyendo.
Así que, casi como si se rindiera, prometió:
Mañana lo llevaré al parque. Otra vez.
UN MUNDO PINTADO CON PALABRAS
Por la mañana, la fiebre había desaparecido y Felipe se despertó ansioso, preguntando si era hora de ir al parque.
Renata hizo panqueques en silencio.
A las diez, Marcelo lo llevó a Ibirapuera. Se sentaron en el mismo banco.
Esperaron quince minutos. Treinta.
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