“Te voy a poner barro en el ojo y ya no estarás ciego… ¿Qué pasó después de eso…”

EL NIÑO CON LAS MANOS LLENAS DE BARRO

Marcelo Brandão apretó los puños al ver al niño mugriento acercarse a la silla de ruedas de su hijo.
Tenía las manos cubiertas de barro, la ropa rota y manchada, y el pelo enredado.
Cualquier padre "normal" habría corrido a apartar a su hijo.

Pero Marcelo no se movió.

Algo lo inmovilizó donde estaba, observándolo desde la distancia.

Quizás era la cara de Felipe. Su hijo de nueve años —rubio, de ojos azules, ciego desde que tenía memoria— sonreía.

Marcelo no había visto esa expresión desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado que existía.

El niño se agachó frente a la silla y habló como si se conocieran desde hacía años.

Hola. Soy Davi. Te veo aquí todos los días.

Felipe se giró hacia el sonido, con sus ojos desenfocados buscando.

—Mi papá siempre me lleva al parque —respondió en voz baja—. Dice que el aire fresco me hace bien.

—¿Nunca has visto nada? ¿Nunca? —preguntó Davi, sin edulcorarlo.

Felipe negó con la cabeza. «Jamás».

El rostro de Davi se puso serio, como si estuviera a punto de compartir un secreto.

Mi abuelo tenía una cura. Un lodo especial de la orilla del río. Curaba muchas cosas. Si quieres, te lo puedo poner en los ojos. Prometo que intentaré que dejes de estar ciego.

El mundo de Marcelo se redujo.
Era una tontería. Una tontería. Casi un insulto.

Debería haber agarrado a Felipe y haberse ido.

Pero la sonrisa de su hijo se ensanchó, llena de frágil esperanza, y Marcelo no pudo obligarse a aplastar esa pequeña luz.

No tenía idea de que el barro, que no tenía nada de mágico, estaba a punto de cambiar sus vidas por completo.

EL PRIMER “TRATAMIENTO”

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.