—Hola…¿Quién eres?
La voz de Larissa era apenas un susurro. Quería sonar firme, imposible.
—Tu cuidadora. Tu marido me contrató.
Larissa cerró los ojos y luego los volvió a abrir.
— ¿Y dónde está él?
La mujer se encogió de hombros:
- Fiesta.
Larissa no añadió nada. Ella lo sabía. Él la estaba esperando. A que muriera. A que fuera libre. Libre de otra vida, de otra mujer, de otra felicidad.
Sofía Andreevna se sentó a su lado. En sus ojos brillaba algo más que desapego profesional: una fuerza interior ancestral.
—Me llamo Sofía Andreevna. Te prepararé un té y luego comeremos.
Larissa hizo una mueca, casi amarga:
—¿Te dio permiso para alimentarme? Quizás prefiera que me vaya antes.
—Me contrató para brindarle atención. Punto.
Sofía se fue. Larissa miró al techo. Las lágrimas brotaron de sus ojos; se las tragó. Sobre todo, no debía llorar. Sobre todo, no debía mostrar su debilidad.
Ruslan, por su parte, siempre había tenido sus manías: trabajar solo "donde lo respetaban". Larissa rió entre dientes al oír esto; ella era el sostén de la familia. Tenía dos talleres de costura, trabajaba horas incontables, suplía a chicas enfermas y nunca se quejaba. ¿El apartamento? Pagado con sus ahorros. Quería ganar dinero mientras no se quedara embarazada. El embarazo nunca llegó. Entonces notó que Ruslan desaparecía cada vez con más frecuencia. Fiestas, "misiones", amigos... Entonces, desde la cama donde yacía, lo comprendió: no era solo una sensación, era la realidad.
—Vamos, sentémonos un rato —dijo Sofía en voz baja, regresando con una taza humeante—. Disculpa, te estoy hablando informalmente.
—No. No quiero nada.
Sofía suspiró y se sentó. A veces, el más fuerte es el que calla.
Mi hija casi muere allí también. Su marido la golpeaba. Ella lo ocultaba todo, se tapaba los moretones, sonreía. Y la niña… sufría en silencio. ¿Qué podía hacer? Él era el jefe. No cualquier jefe: el jefe de policía.
Ella hizo una pausa.
—Así que actué. Conozco las plantas. Servir un té del que uno no se recupera me parecía más sencillo que un caldo.
Los ojos de Larissa se abrieron de par en par.
— Tú… tú lo tienes…
—No soy un asesino en serie —interrumpió Sofía, entregándole la taza—. Bebe. Te abrirá el apetito y te dará un poco de fuerza. No tengas miedo.
"¿Y nadie sabía nada?" murmuró Larissa.
Sofía dio una sonrisa sin alegría:
—Claro que sí. ¿Crees que tu marido me encontró por casualidad? Sabe que llevo aquí diez años. Apostó a que no te ayudaría. Como si el infierno impidiera que alguien fuera bueno.
Media hora después, regresó con una cena sencilla, fragante y reparadora.
"¿Nos sentamos a la mesa?" sugirió.
- No puedo…
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