La noticia de la boda del Duque de Marsella corrió como la pólvora. Se enviaron invitaciones a toda la nobleza, incluida, por una cruel ironía del destino, a la familia Morales. Ellos no sabían con quién se casaba el Duque; la identidad de la novia se había mantenido en el más estricto secreto.
El día de la boda, la familia Morales llegó con sus mejores galas, gastando lo que no tenían, con la esperanza desesperada de cazar un marido rico para Leticia o Renata y así salvarse de la ruina. Entraron en la capilla con la nariz en alto, despreciando a los sirvientes, sin saber que su juicio final estaba a punto de comenzar.
La música del órgano llenó el aire. Las puertas se abrieron. La novia entró, velada, caminando con una gracia etérea hacia el altar donde un Víctor afeitado, elegante y poderoso la esperaba. Cuando llegaron al altar y Víctor levantó el velo, se escuchó un grito ahogado en la congregación.
Renata agarró el brazo de su madre, clavándole las uñas.
—¡Es ella! —chilló, olvidando todo decoro—. ¡Es Fátima!
Y al mirar al novio, el terror absoluto se apoderó de Francisco. Ese rostro… esa mandíbula… era Gustavo. El hombre al que había humillado, al que había mandado a limpiar estiércol, era el hombre más poderoso de Francia.
Francisco, impulsado por una mezcla de estupidez y pánico, se levantó e interrumpió la ceremonia, balbuceando excusas, intentando reclamar derechos de padre, intentando sonreír como si todo fuera un malentendido.
La respuesta de Víctor fue gélida y cortante como una espada. Ante toda la alta sociedad, con voz firme, expuso la crueldad de los Morales. Declaró que habían perdido el derecho a llamarse familia en el momento en que vendieron a su propia sangre.
—Sáquenlos de mi vista —ordenó.
La guardia real arrastró a los Morales fuera de la iglesia, bajo las miradas de desprecio de todos los presentes. Fueron expulsados no solo de la boda, sino de la sociedad. Humillados, arruinados y solos, tuvieron que enfrentar su destino: sin el dinero del Duque, una de las hermanas tendría que casarse con Don Leopoldo esa misma semana. El karma había llegado, y no tenía piedad.
Pero dentro de la capilla, el amor triunfaba. Fátima y Víctor se juraron amor eterno, sellando su promesa con un beso que borró años de dolor.
Seis meses después, la escena era muy diferente. No había establos, ni gritos, ni miedo. Solo estaba el sonido rítmico y relajante de las olas. Fátima estaba sentada en la arena blanca, con la brisa marina jugando con su cabello y un vestido suelto que acariciaba su vientre abultado. Estaba embarazada, esperando el fruto de un amor que había nacido en la adversidad.
Víctor se sentó tras ella, abrazándola, apoyando su barbilla en el hombro de su esposa.
—Me prometiste el mar —susurró ella, mirando el horizonte infinito con lágrimas de felicidad.
—Y te prometí que nunca más estarías sola —respondió él, colocando sus manos sobre el vientre de ella, sintiendo la vida que crecía allí.
Hablaron del pasado sin dolor. Supieron que Renata vivía un infierno casada con Don Leopoldo, que Ricardo estaba en prisión por deudas de juego y que Leticia y su madre ahora tenían que trabajar como sirvientas para sobrevivir. Pero Fátima ya no sentía rencor. El rencor es un peso que no se lleva al paraíso.
—Ellos son mi pasado —dijo Fátima, girándose para besar a su esposo—. Tú y nuestro hijo son mi futuro.
Allí, frente al inmenso océano, la chica que una vez fue invisible, la que comía las sobras y vestía harapos, entendió finalmente que nunca fue menos que nadie. Solo estaba rodeada de personas que no sabían ver su brillo. Tuvo que llegar un Duque disfrazado de mendigo para recordarle que ella siempre había sido una reina. Y mientras el sol se ponía, pintando el cielo de oro, Fátima sonrió, sabiendo que su cuento de hadas no era un sueño, sino su maravillosa y merecida realidad.
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