La realidad cayó sobre Fátima con la fuerza de una sentencia de muerte. Su propio padre, el hombre que debía protegerla, la había vendido. El acuerdo estaba cerrado: su mano en matrimonio a cambio de la cancelación de las deudas. El terror la paralizó. Suplicó, lloró, se arrodilló ante su madre buscando un ápice de compasión, pero solo encontró la frialdad de un témpano de hielo.
—Llévensela —ordenó Francisco sin mirarla a los ojos—. Cuanto antes salga de aquí, mejor.
Ricardo, su hermano, y el propio Don Leopoldo la agarraron por los brazos. Fátima luchó con la fuerza de la desesperación, sus gritos resonando por los pasillos vacíos de amor, pero eran demasiado fuertes. La arrastraron hacia la salida, hacia el carruaje negro que esperaba como un ataúd sobre ruedas.
Víctor regresaba del campo a caballo cuando escuchó los gritos. Era un sonido que conocía: el sonido del miedo puro. Al espolear su caballo y rodear la casa, vio la escena que desataría su furia. Fátima, su Fátima, siendo arrastrada por el polvo, gritando su nombre.
—¡Gustavo! ¡Ayúdame!
En ese segundo, el trabajador desapareció. Víctor saltó del caballo en movimiento, aterrizando con la agilidad de un guerrero. No hubo titubeos, no hubo miedo. Se interpuso entre los hombres y la mujer que amaba.
—¡Suéltenla! —rugió, y su voz no fue la de un empleado, sino la de alguien acostumbrado a que ejércitos enteros obedecieran sus órdenes.
Francisco intentó imponerse, amenazándolo con la guardia, pero Víctor ya no escuchaba. Con dos movimientos precisos, derribó al hermano y empujó al viejo Leopoldo con tal fuerza que este rodó por la tierra. Antes de que nadie pudiera reaccionar, tomó a Fátima por la cintura, la subió a su caballo y montó tras ella.
—¡Esto es un secuestro! —gritó el padre, lívido de ira.
Víctor le lanzó una mirada que prometía venganza y espoleó al animal. Galoparon lejos, dejando atrás la hacienda maldita, el polvo y el dolor. Fátima se aferraba a la camisa de Gustavo, llorando, temblando, sin entender a dónde iban, solo sabiendo que cualquier lugar era mejor que aquel infierno.
El viaje fue largo y silencioso. Cuando finalmente el caballo disminuyó la velocidad, Fátima levantó la vista y el aire se le escapó de los pulmones. No estaban en una choza, ni en un camino perdido. Estaban frente a los portones de hierro forjado del Palacio de Alcántara. Las torres se alzaban majestuosas hacia el cielo, los jardines eran laberintos de flores perfectas y sirvientes uniformados corrían a abrir las puertas.
—Bienvenido, Su Excelencia —dijo el guardia, haciendo una reverencia profunda.
Fátima se giró lentamente hacia el hombre que la sostenía. Sus ojos buscaban a Gustavo, el peón que dormía en el heno, pero la postura, la mirada y el entorno le gritaban una verdad imposible.
—¿Quién eres? —susurró ella, con la voz quebrada por el miedo a una nueva mentira.
Víctor la ayudó a bajar con una delicadeza infinita. Allí, en la escalinata de mármol, bajo la mirada atónita de su madre, la Duquesa Arminda, Víctor comenzó a deshacer el nudo de engaños. Pero no fue fácil. Fátima se sintió traicionada. ¿Todo había sido un juego? ¿Sus sentimientos habían sido el entretenimiento de un rico aburrido?
Esa noche, en una cena íntima, Víctor se desnudó emocionalmente. Le confesó todo: su hastío, su búsqueda, y cómo ella, sin saberlo, había superado todas las pruebas que él ni siquiera sabía que estaba poniendo. Le habló con el corazón en la mano, arrodillándose ante ella, no como un Duque, sino como un hombre enamorado.
—Me enamoré de ti en el granero, Fátima. No del título, no de la ropa. De ti. Y si me aceptas, dedicaré cada día de mi vida a reparar el daño que te hicieron.
El amor, cuando es verdadero, tiene la capacidad de sanar incluso las heridas más profundas. Fátima vio la verdad en sus ojos verdes. Vio al mismo hombre que le había tallado el mar en un trozo de madera. Y dijo que sí.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
