Su familia la vendió por deudas y se burló del mendigo al que ella alimentaba en secreto, sin imaginar que ese “pobre trabajador” era el único hombre con el poder de destruir su mundo y salvarla.

Víctor sintió una mezcla de indignación y curiosidad. ¿Cómo podía existir tanta maldad en una madre y tanta resignación digna en una hija? Consiguió trabajo en la hacienda a cambio de techo y comida, decidido a observar de cerca a esa familia. Lo que no sabía era que, entre las sombras del granero y el aroma a heno fresco, encontraría algo más que respuestas. Encontraría unos ojos color ámbar capaces de ver al hombre detrás de los harapos. Pero el tiempo corría en su contra. Las deudas de la familia Morales eran una soga que se apretaba cada vez más, y en la desesperación de la bancarrota, los padres de Fátima estaban a punto de cometer un acto tan atroz que obligaría al Duque a revelar su verdadera identidad de la manera más explosiva posible.

Lo que estaba por suceder en esa biblioteca, y el grito desesperado que rompería la tarde, cambiaría para siempre la vida de todos. El “pobre Gustavo” estaba a punto de desaparecer, y la furia del Duque de Marsella estaba a punto de desatarse.

Los días siguientes a la llegada de Gustavo a la hacienda transcurrieron bajo un calor sofocante, tanto por el sol que castigaba los campos como por la tensión irrespirable que se vivía dentro de la mansión. Mientras la familia Morales se consumía en la ansiedad por las deudas y la ausencia del Duque, Víctor, bajo su disfraz, descubría la rutina brutal a la que Fátima era sometida. Ella era el primer rostro que veía al amanecer, cargando leña o agua, y la última sombra que se movía por la noche, recogiendo los caprichos de sus hermanas.

El granero se convirtió en su refugio y en el escenario de un milagro silencioso. Cada noche, desafiando las crueles órdenes de su madre de darle al trabajador solo pan seco, Fátima aparecía con una bandeja cubierta. Bajo el paño, siempre había una comida caliente, generosa, robada de la abundancia que a ella se le negaba.

—No es justo que trabaje tanto con el estómago vacío, Gustavo —le decía ella con esa voz suave que parecía acariciar el alma.

Víctor, sentado sobre una paca de heno, la observaba con una fascinación que crecía cada segundo. Había conocido condesas, baronesas y herederas de imperios, mujeres educadas para encantar, pero ninguna tenía la luz que emanaba de Fátima. Allí, a la luz de una lámpara de aceite, hablaban de la vida. Ella le confesó su sueño secreto de conocer el mar, de ver esa inmensidad azul que solo conocía por los libros viejos de la biblioteca. Él le hablaba de caballos y de viajes, cuidando cada palabra para no delatar su origen, pero entregándole su verdad emocional.

—Algún día verás el mar, Fátima —le prometió una noche, con una intensidad que la hizo sonrojar—. Te lo juro.

Para demostrarle su afecto, Víctor pasó tres tardes tallando en secreto un trozo de roble. Con sus propias manos, esculpió las olas, el horizonte y un sol radiante. Cuando se lo entregó, la reacción de Fátima fue algo que Víctor guardaría en su memoria hasta el día de su muerte. Ella lloró, no de tristeza, sino de una gratitud tan pura que le partió el corazón. Nadie le había hecho un regalo jamás. En ese instante, cuando sus manos se rozaron y sus miradas se anclaron la una en la otra, Víctor supo que el juego había terminado: estaba perdidamente enamorado.

Pero la felicidad en la casa de los Morales era un pecado que se castigaba rápido. A la mañana siguiente, las hermanas descubrieron el tallado de madera en la habitación de Fátima. La burla fue inmediata y cruel. Leticia, con la maldad brillando en sus ojos, arrebató el pequeño mar de madera y lo estrelló contra el suelo, rompiéndolo en pedazos, rompiendo el único símbolo de esperanza que Fátima tenía.

—¡Esto es para que aprendas tu lugar! —gritó Renata entre carcajadas—. ¡Una criada no recibe regalos!

Fátima recogió los fragmentos llorando, pero algo dentro de ella había cambiado. Ya no lloraba solo por la humillación; lloraba porque había probado, aunque fuera por un instante, el sabor de ser apreciada.

Mientras tanto, la situación financiera de Francisco Morales llegaba a su punto de quiebre. Los acreedores ya no aceptaban excusas. Don Leopoldo Vargas, un terrateniente viejo, repulsivo y conocido por su depravación, había puesto sus ojos en la única moneda de cambio que le quedaba a la familia. No eran las tierras, ni las joyas vendidas. Era carne fresca.

Una tarde, Lucrecia ordenó a Fátima que se vistiera y bajara a la biblioteca. La joven obedeció, sintiendo un nudo en el estómago que le advertía del peligro. Al entrar, el olor a tabaco rancio y alcohol la golpeó. Allí estaba Don Leopoldo, mirándola con unos ojos inyectados en sangre que la recorrían como si fuera una yegua en una feria de ganado.

—Es delgada —comentó el viejo con voz pastosa—, pero servirá. Me dará hijos.

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