En la soleada y aristocrática región de Marsella, donde las apariencias valían más que el oro y el apellido pesaba más que la propia conciencia, se estaba gestando una tormenta silenciosa. Nadie prestaba atención al polvo del camino ni a los hombres que caminaban por él con las botas gastadas, pues en aquel mundo de encajes y fiestas de té, la pobreza era invisible. Sin embargo, aquella tarde de septiembre, el destino decidió jugar una carta audaz. Víctor de Alcántara, un Duque inmensamente poderoso, joven y hastiado de la hipocresía de los salones de baile, tomó una decisión que haría temblar los cimientos de la alta sociedad: se despojó de sus sedas, escondió su título bajo una camisa de lino remendada y salió al mundo fingiendo no tener nada, buscando lo único que su fortuna no podía comprar: un corazón verdadero.
Llegó a la imponente hacienda de la familia Morales, un lugar donde la belleza de los jardines contrastaba cruelmente con la fealdad de las almas que allí habitaban. Desde el otro lado del muro de piedra, Víctor, ahora bajo el nombre de “Gustavo”, presenció una escena que le heló la sangre. Lucrecia, la matriarca de la familia, gritaba con una furia desmedida a una joven arrodillada en la tierra. No era una sirvienta, aunque la trataban peor que a una; era Fátima, su propia hija. Mientras sus hermanas, Leticia y Renata, se preparaban entre risas y lujos para una visita ducal que nunca ocurriría ese día, Fátima hundía sus manos en el lodo, humillada, invisible, cargando con el peso del desprecio de quienes debían amarla.
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