“Puedo dejarte en San Miguel”, ofrecí. Hay autobuses que salen hacia el sur. No puedo tomar autobuses, respondió rápidamente. Ellos revisan los autobuses. ¿Quiénes son ellos? Natalia cerró los ojos. Personas que no perdonan. Mi corazón latió más rápido. Fuera quien fuera, esta mujer estaba metida en algo peligroso. Lo sensato sería dejarla en el próximo pueblo y olvidarme de ella. Pero cuando la miré de nuevo, vi algo que me desarmó completamente. Vi a alguien que había perdido todo y aún así seguía luchando.
“Está bien”, dije. Finalmente, “te llevaré hasta donde necesites ir.” Ella me miró con sorpresa genuina. “¿Por qué harías eso por una desconocida?” No tenía una respuesta lógica. Solo sabía que algo en Natalia había despertado una parte de mí que creía muerta desde que mi madre falleció dos años atrás. Esa necesidad de proteger, de importarle a alguien, porque todos merecemos una segunda oportunidad, respondí. Natalia extendió su mano y tocó la mía sobre el volante. Fue un contacto breve, pero sentí una corriente eléctrica recorrer mi brazo.
Ella también lo sintió porque retiró la mano rápidamente como si se hubiera quemado. Eres peligroso susurró, pero no supe si hablaba de mí o de lo que estaba comenzando a sentir. La noche cayó sobre nosotros como una manta pesada. Las luces del camión cortaban la oscuridad de la carretera vacía. Natalia se había quedado dormida, o al menos fingía estarlo. Su cabeza descansaba contra la ventana y en el reflejo del vidrio vi que sus labios se movían como si rezara.
Pero lo que no sabía entonces era que Natalia no estaba rezando. Estaba contando, contando los kilómetros que nos separaban de las personas que la perseguían. contando las horas que le quedaban antes de que todo explotara, contando los latidos de un corazón que había decidido sentir una última vez antes de que fuera demasiado tarde. El motor del Kenworth rugía en la noche mientras yo intentaba mantenerme despierto. Natalia se había despertado hace una hora y ahora me observaba en silencio.
podía sentir su mirada sobre mí, estudiándome como si tratara de resolver un acertijo. “¿Por qué te hiciste camionero?”, preguntó de repente. La pregunta me tomó desprevenido. Mi padre lo era. Murió en esta misma carretera hace 5 años. Volcadura. “Lo siento”, dijo con genuina compasión. “¿Y tú qué hacías antes de esto?”, señalé vagamente, refiriéndome a su situación. Natalia tardó en responder. Era maestra. Enseñaba literatura en una secundaria de Monterrey. Tenía una vida normal, un esposo, una casa pequeña pero cómoda.
Tenías mi esposo murió hace 8 meses. Dijo con voz plana, como si hubiera repetido esas palabras tantas veces que ya no le dolieran. Pero yo sabía que sí dolían. Lo vi en la forma en que sus manos se cerraron en puños. ¿Qué pasó? Accidente, dijeron, pero los accidentes no dejan cartas de amenaza debajo de la puerta. Ahí estaba la primera grieta en su armadura. Alguien había matado a su esposo y ahora venían por ella. Las piezas comenzaban a encajar, pero el cuadro completo seguía siendo un misterio.
¿Por eso huyes? Huyo, porque si me quedo termino como él y antes de morir quiero se detuvo abruptamente como si hubiera estado a punto de revelar demasiado. ¿Quieres qué? Presioné. Natalia me miró con una intensidad que me hizo tragar saliva. Quiero sentir que estoy viva una última vez. El aire en la cabina se volvió denso. Había algo en la forma en que lo dijo, en la forma en que me miraba, que hizo que mi pulso se acelerara.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
