“Soy demasiado mayor para ti”, susurró la viuda… pero el joven camionero SONRIÓ, la tomó de la mano, y esa noche le recordó que el amor no entiende de edades…

La gente nos miraba, pero no me importaba. Lo único que importaba era que ella estaba viva, que teníamos un futuro, que los milagros sí existían. Te lo dije, susurré en su oído. Te dije que íbamos a tener nuestro final feliz. Sí, respondió, besándome con una pasión que prometía mil mañanas más. Sí, lo dijiste. Nos quedamos así, abrazados en medio del aeropuerto, dos sobrevivientes que habían encontrado el amor en el lugar más inesperado. Y mientras la sostenía, supe con absoluta certeza que no importaba lo que el futuro trajera, lo enfrentaríamos juntos.

Porque el amor no conoce edad, no conoce límites, no conoce imposibles. El amor simplemente es. Y el nuestro era real, era fuerte y era para siempre. Un año después estaba parado frente a una pequeña casa en las afueras de Querétaro. Era modesta pero acogedora, con un jardín donde Natalia había plantado rosas y jaes. El Kenworth estaba estacionado afuera, ahora con un nuevo logo pintado en el costado. Transportes Morales Ansalazar. Natalia había insistido en que usáramos su apellido de casada en honor a Javier.

Era su forma de mantenerlo vivo, de asegurarse de que su muerte no había sido en vano. Ramón estaba cumpliendo tres cadenas perpetuas y la empresa familiar había sido liquidada con los fondos yendo a organizaciones de víctimas de corrupción. Héctor había ganado premios por su reportaje y se había convertido en una voz importante en la lucha contra la corrupción en México. Nos visitaba regularmente, siempre con nuevas historias, nuevas batallas que pelear, pero nosotros habíamos encontrado nuestra paz. Yo seguía trabajando como camionero, pero ahora con Natalia a mi lado.

Ella había vuelto a enseñar dando clases de literatura en una escuela local. Los fines de semana viajábamos juntos explorando las carreteras de México, creando nuevos recuerdos. ¿En qué piensas?, preguntó Natalia saliendo de la casa con dos tazas de café. En lo afortunado que soy, respondí tomando una taza y atrayéndola hacia mí. Nosotros, corrigió, lo afortunados que somos nosotros. Tenía razón. Contra todo pronóstico, contra todas las probabilidades, habíamos sobrevivido. Habíamos encontrado el amor en medio del caos, la esperanza en medio de la desesperación, la vida en medio de la muerte.

Soy vieja para ti”, dijo Natalia con una sonrisa traviesa, repitiendo las palabras que había dicho aquella primera noche. “Y yo te hice temblar hasta el amanecer”, respondí con una sonrisa igual de traviesa. Ella rió. Ese sonido que se había convertido en mi favorito en todo el mundo. “Sí, lo hiciste y sigues haciéndolo. Nos besamos mientras el sol se ponía sobre las montañas pintando el cielo de naranja y púrpura. Era un momento perfecto, un momento robado a un destino que había intentado separarnos, pero habíamos luchado, habíamos sobrevivido y ahora teníamos toda una vida por delante para

amarnos, para crecer juntos, para demostrar que el amor verdadero no conoce límites, porque al final no importaba la edad, no importaba el pasado, no importaban los obstáculos, lo único que importaba era esto. dos corazones latiendo al unísono, dos almas que habían encontrado su hogar en el otro, dos vidas entrelazadas para siempre. Y mientras sostenía a Natalia en mis brazos, viendo el atardecer sobre nuestra casa, supe que había encontrado mi propósito, mi razón de ser, mi todo. Ella era mi milagro y yo era el suyo.

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