—Cáncer. Avanzado. —Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas—. No me queda mucho tiempo.
El mundo se detuvo.
Emiliano se quedó allí, sin saber qué hacer.
Su mente emprendedora buscó soluciones: tratamientos, médicos, dinero. Pero su corazón, el que creía dormido, se rompió.
“¿Y Lucía?” susurró.
Por eso quise rendirme, pero no sabía cómo decírtelo. No tengo a nadie más.
Emiliano se acercó lentamente, se arrodilló ante ella y le tomó las manos.
Por primera vez en años, lloró.
—Yo la cuidaré. Lo juro. No dejaré que le falte nada.
Julia sonrió con una extraña paz, como quien por fin puede descansar.
No la decepciones, Emiliano. No quiero que tenga un padre ausente. Quiero que tenga un hogar, no una fortuna.
Él asintió, incapaz de hablar.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones.
Emiliano la llevó a los mejores hospitales, buscó especialistas, tratamientos, milagros.
Pero la enfermedad fue más fuerte.
Julia murió una noche tranquila, con Emiliano y Lucía cogiéndole la mano.
Antes de cerrar los ojos, susurró algo apenas audible:
“Gracias… por venir.”
Después de su funeral, Emiliano trajo a Lucía a vivir con él.
La mansión, antes fría y silenciosa, estaba llena de risas y dibujos en las paredes.
El millonario aprendió a peinar trenzas, a preparar desayunos y a leer cuentos antes de dormir.
Cada mañana, cuando el sol entraba por la ventana, miraba a la niña y veía en ella los ojos de Julia.
Y comprendió, por fin, que la vida no se mide por lo que posees, sino por a quién amas y cuidas.
Nunca volvió a ser el mismo.
El arrogante millonario murió el día que Julia cerró los ojos.
Y en su lugar nació un nuevo hombre, un padre.
Un hombre que comprendió demasiado tarde que las puertas que se abren sin previo aviso…
a veces conducen al amor más verdadero y a la pérdida más profunda.
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