El niño miró alrededor, como si temiera que el cementerio tuviera oídos. Tragó saliva y soltó la frase que le atravesó el alma como un cuchillo:
“Señor… ellas están en el basurero”.
Por un segundo, Adrián no respiró. La realidad se dobló. “¿Qué? ¿Qué dijiste?”
El niño dio un paso atrás, temblando. “Lo siento… lo siento. No quería asustarlo”.
Adrián se puso de pie de golpe, y en su mirada aparecieron dos cosas que no podían convivir y aun así lo hicieron: terror y esperanza. “Explícate. Ahora mismo”.
El niño respiró hondo, como si se lanzara a un abismo. “Señor… sus niñas… sus gemelas están vivas”.
La neblina pareció espesarse. El viento helado recorrió el cementerio como una advertencia. Adrián sintió que el mundo se le apagaba a los pies, y al mismo tiempo, una chispa imposible se encendió en medio de la oscuridad. Todo aquello que siempre le pareció extraño —la tumba vacía, el duelo sin cuerpo, la sensación de que ellas no descansaban allí— de pronto tenía sentido. Un sentido terrible.
“¿Cómo te llamas?”, preguntó con una voz que no reconoció.
“Julián”, respondió el niño, apretando las manos contra su pecho.
“Julián… ¿dónde están?”
“En el basurero, señor.”
“¿Las viste?”
Julián asintió. “Yo rebusco comida en el basurero todas las noches. Hace meses… una noche de mucho frío… escuché un llanto. No era un gato. Eran dos… dos niñas llorando juntas.”
Adrián sintió que las piernas le fallaban. “¿Dos niñas…?”
“Sí. Estaban envueltas en mantas sucias. Tenían pulseritas en las muñecas… como las del hospital. Y tenían nombres… Bianca y Abril.”
La garganta de Adrián se cerró por completo. Tuvo que apoyarse en una lápida para no caer. “No… no puede ser…”
“Yo no miento”, dijo Julián con una sinceridad que dolía. “Las cuido… les doy pan viejo, agua… ropa que encuentro. Duermen escondidas donde nadie las ve.”
El horror le subió como ácido. “¿Mis hijas han vivido en un basurero… todo este tiempo?”
Julián bajó la mirada, y esa vergüenza que no le pertenecía le partió el corazón a Adrián. “Tenía miedo de que si alguien las veía… se las llevaran. Y… pensé que usted era como ellos”.
“¿Ellos quiénes?”
“Los que las dejaron ahí.”
Adrián tragó saliva con rabia. “¿Viste a alguien dejarlas?”
“No vi el momento… pero vi una furgoneta blanca acelerar esa noche. Y escuché risas… risas de adultos.”
Cada palabra era una pieza de un rompecabezas siniestro. Adrián recordó el día del incendio: Rebeca negándose a verlo, las inconsistencias en el informe, el cuerpo al que nunca lo dejaron acercarse “por su propio bien”. El duelo manipulado. La historia fabricada. Y él, ciego por el dolor, creyéndolo todo.
“Llévame con ellas”, suplicó Adrián, y la súplica le salió como una oración humana.
Julián retrocedió nervioso. “Ahora hay gente… es peligroso. Pueden verlas”.
Adrián lo tomó de los hombros con urgencia, sin lastimarlo. “Por favor. Si mis hijas están vivas… necesito verlas. Hoy. Ahora”.
El niño dudó, mordió su labio, miró alrededor como si temiera que una sombra los siguiera, y asintió. “Está bien… pero vamos por el camino que nadie usa”.
Salieron del cementerio. La ciudad cambió a cada cuadra. De avenidas limpias a callejones sin asfalto; de vidrios brillantes a paredes descascaradas; de perfume a humo. Adrián, con su traje caro, caminaba detrás de un niño descalzo dentro de botas rotas, y por primera vez sintió vergüenza de su mundo. No por ser rico, sino por no haber visto jamás a quienes vivían en el borde, invisibles, sobreviviendo a pedazos.
Tras veinte minutos, Julián señaló un horizonte gris: una extensión inmensa de desechos, humo y montones de bolsas negras. Un infierno a cielo abierto. “Allá está.”
El olor lo golpeó como una pared. Adrián se cubrió la boca, pero siguió. Julián se movía con precisión, evitando zonas inestables, esquivando vidrios, como quien conoce la miseria palmo a palmo. “Las escondí en un lugar que nadie revisa”, explicó, señalando contenedores viejos y una lona azul sucia.
Cuando Adrián escuchó un llanto débil, casi imperceptible, el corazón se le desordenó. Julián alzó una mano. “Sh… son ellas. Pero si usted corre, se esconden. Tienen miedo de los adultos.”
Adrián sintió un desgarro. ¿Qué les habían hecho para que el mundo entero fuera peligro?
Julián se acercó a la lona. “Abril… Bianca… soy yo… Soy Julián.”
Dos manitas delgadas movieron la tela. Dos caritas sucias, con ojos enormes y asustados, asomaron apenas. Eran idénticas. Flacas. Temblorosas.
Vivas.
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