Las palabras fueron más fuertes que un grito. Incluso seguridad dudó.
Diane se volvió hacia mí. «Nos vamos ya», dijo con dulzura. «Has grabado el disco. Que lo vean desmoronarse».
Acomodé a Noah contra mi hombro. Él miraba la lámpara, tranquilo e inconsciente. Miré a Mason, el hombre que creía que la supervivencia requería silencio.
—Tenías razón —le dije con serenidad—. Sobreviví.
Sus ojos ardían. "¿Crees que ganaste?"
Miré a los invitados, los teléfonos, los testigos, a la novia alejándose de él. "No", dije. "Creo que finalmente perdiste".
Mientras caminaba por el pasillo, la gente se apartaba. «Es valiente», susurró alguien. «Esa bebé...», murmuró otro.
Afuera, el frío azotaba, pero ya no era una ventisca. Solo invierno. Normal. Manejable.
En el coche, Diane preguntó en voz baja: "¿Listos para la siguiente parte? Tribunal. Prensa. Todo".
Miré a Noah, finalmente tranquilo. "Estoy listo", dije. "Porque ya no estoy solo".
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